Estábamos casi convencidos de que era un político de una sola palabra sin doble lenguaje. Teórico, práctico y firme en sus propuestas. Algo nuevo para lo que teníamos. Sin embargo, nos hemos dado cuenta que poco a poco se ha convertido en un esclavo de sus palabras. Les hablamos del incomprendido Fernando Toribio quien un día no pacta con tránsfugas y al día siguiente busca en el Congreso de los populares cómo pactar con ellos. Pide a sus compañeros que nos llame para que publiquemos que el Congreso acaba de despejar las dudas sobre la condición de un concejal expulsado de su partido. La pregunta realizada con premeditación mientras se desarrollaba una ponencia no tenía otro objetivo que lograr quitarle la condición de tránsfuga a José Rodríguez. Una vez conseguido esto, a Toribio no se le ocurrió otra cosa que pedir a su compromisario que nos telefoneara para que lo publiquemos, con la advertencia de que ya tenía las manos libres para interponer una moción de censura. Luego vienen los matices en frío para seguir confundiendo y el viejo juego de marear la perdiz al desmentir en varios medios de comunicación lo que mandó a contarnos con tanta exclusividad. ¿A qué jugamos?








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