Han sido días muy duros los vividos por muchos desde la tarde del pasado 20 de Agosto. Días que todos seguro quisiéramos no haber tenido que afrontar, pero que ya forman parte de nuestro pesar, de nuestro sentimiento individual y colectivo. Duros para quienes los han vivido en primera persona con la pérdida de un ser querido, auxiliando valientemente a los heridos o reconfortando profesionalmente a quienes lo han necesitado, pero también para quienes, sintiéndonos parte de esa familia que trasciende la propia, la humana, quedamos tocados con el dolor de otros, la perdida de otros, la angustia y desesperación de otros.
Han sido vivencias personales y familiares que merecían sobre todo del acompañamiento que da la presencia sincera, la solidaridad del segundo plano, el respetuoso silencio público que requiere ese primer momento y que en un cargo público debe ser de obligado cumplimiento. Tal vez ahora y sólo ahora, es cuando ese acompañamiento, esa solidaridad, ese silencio de cortesía debido entonces, tiene que tomar su relevo y tornarse en racional, firme y transparente demanda de aclaración de lo ocurrido, de reparación aun cienmilésima del daño, de depuración de responsabilidades desde la cordura y sin aspavientos, pero sobre todo en una enorme carga de saber hacer y saber estar para el futuro.
Aludo a este tema ahora, porque estoy convencido de que en situaciones como la vivida, la presencia de un cargo público sólo será una ventaja, sólo será un verdadero apoyo, si es para articular la mejor respuesta para el que sufre, si es para dejar cualquier otra consideración fuera de plano. Una tragedia humana, llámese ésta aérea o de otra índole cualquiera, requiere sobre todo mirar primero hacia adentro y después poner los mejores sentimientos al frente de nuestras acciones.
Hacerlo a la inversa, actuar pensando en lo que podría reportarnos, nos empequeñece como seres humanos pero también como sociedad, nos aleja de la humanidad y nos acerca a la barbarie aunque sea en clave moderna. Digo esto y lo digo ahora, porque no es de recibo usar el sufrimiento de otros como parte del enfrentamiento político. Ganar un momento de falsa gloria o usar un momento así para la recriminación en nada contribuye a disminuir el dolor y si a agrandar el ruido. Un ruido que se hace difícilmente soportable en esos momentos.
Durante todos estos días he leído y oído de distintos voceros en medios de comunicación, tendenciosas comparaciones, interpretaciones torticeras y hasta soflamas de dudosa moralidad sobre lo ocurrido en Madrid, sobre otros accidentes aéreos, sobre otras tragedias, sobre otros sufrimientos de personas anónimas y no tan anónimas como las 154 que ahora nos faltan.
Ahí es donde creo que ciudadanos y políticos de otro sentir deberíamos ofrecer la más contundente de las respuestas, poniendo de una vez en su sitio a quienes creen que todo vale, que cualquier lágrima puede servir para levantar una pancarta o poner en circulación una trama organizada; que en nombre de una víctima, de un familiar, de un afectado, se puede edificar un discurso aunque genere incluso más dolor, más conflicto, pero sobre todo más comportamientos que en nada contribuyen a aliviar el sufrimiento.
Toda una oportunidad para la reflexión, para aceptar que el sufrimiento es igual para todos, que no tiene ideología, que no entiende de origen ni de condición social en quien lo padece, que no es distinto en función del credo o el color de la piel y por tanto, que debería ser suficiente para significar un vínculo infranqueable y nunca un parapeto para el oportunismo.
La experiencia vivida como persona estos días, me reafirma en la idea de que el alivio del sufrimiento humano debe seguir siendo un motivo que nos debe comprometer a todos, en todo momento y en toda causa, porque estoy seguro que los rostros que vi en Gando se habrán repetido en cualquier lugar de África al que llega la noticia del hundimiento de un cayuco; que la angustia por la incertidumbre que vi reflejada en los corazones presentes en aquella sala, serán parecidos a los de las madres y padres de los desaparecidos en cualquier lugar de este mundo; que la tristeza compartida en IFEMA y todos nuestros tanatorios, será la misma que la que viven, día sí día también, muchas víctimas del terrorismo. Aliviar el sufrimiento sí, nunca vivir de él ni de espaldas a él.
Aureliano Francisco Santiago Castellano, alcalde de Telde







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