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Pilancones y su pino

Martes, 05 de Febrero de 2008
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No me pregunten por qué, pero siempre he asociado el pino de Pilancones con ritos mágicos, noches a la intemperie, antepasados recorriendo esos caminos para comprar o cambiar productos y para acarrerar los féretros de los muertos recientes y enterrarlos según la costumbre. Desde hace mas de una década, cuando conocí sus caminos y lo esplenderoso de su pinar, también lo asocio con muchas rutas de senderismo compartidas con amigos y  compañeros de trabajo. "Sentimientos de paz y amistad_" que escribía uno de ellos por aquellos maravillosos años. He recorrido ese pinar en numerosas ocasiones a pie, corriendo y en bicicleta de montaña, de día y de noche y creo que siempre, en cada una de ellas, he parado a la sombra de ese gigante que ya nunca más volverá a dar cobijo a los paseantes; ni será parada obligada para los que no lo conocieron. Supongo que debemos conformarnos con recordarlo en fotos. La nostalgia de esos caminos escuchando a la naturaleza, ya entrada la noche, con el frontal encendido y deseando llegar hasta él, para hacer un alto en el camino y descansar un poco  compartiendo viandas con los amigos. Son muchos recuerdos. Fue el viernes pasado cuando me entere de la noticia, sentado en un restaurante de una isla vecina. Pedí el periódico del día esperando por la comida y lo vi en primera página. Toda su majestuosidad en el suelo, sus ramas rotas, el libro intacto. Creo que aun me dura la sensación de impotencia y desconsuelo que me llenó al leer la noticia, al recordar tantos ratos pasados a su lado. Y ahora me pregunto ¿De verdad no se podía haber evitado? Esa consejería de Medio Ambiente del Cabildo, supongo yo que habrá estado dándole vueltas al asunto, desde el gran incendio. "Esta muy quemado, no aguantará" dirían algunos. "Hay que hacer algo", contestarían otros. Y así, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, acercándose el final. Un desastroso final sin que los funcionarios y mandatarios se pongan de acuerdo. Todo este episodio, permítanme relacionarlo con la excesiva cautela con que nos reciben, en esa consejería, cada vez que un grupo de excursionistas u organizadores de eventos deportivos nos acercamos a pedir un permiso para transitar por tal o cual paraje: "No podemos autorizarlo", "en bicicleta, no se puede pasar por esa pista, es espacio natural protegido", "la normativa no lo permite", como si la estupidez no erosionara más que unos excursionistas que disfrutan del medio ambiente. Seguro que los mismo son los que ahora se están tirando de pelos al ver el titular en el periódico del pino en el suelo. Demasiado típico, en este país, para estas islas. Cuantos símbolos no se habrán perdido ya.  Yacimientos aborígenes en mitad de los escombros y  rincones de laurisilva perdidos para siempre. Igual realmente no nos importa. Pero me niego a creerlo, prefiero pensar que los corredores de la próxima prueba que pasen al pie de donde dio sombra (la Transgrancanaria, por ejemplo) le rendirán sentido homenaje, que los senderistas más mayores explicarán a sus hijos, al pasar por el lugar donde un día reino, como era de grande y lo mucho que qué nos hubiera podido contar. Les dirán, igual que me dijeron a mi antes de verlo que hacían falta 5 hombres cogidos por las manos para rodearlo y que debajo de él casi no se veía su parte más alta. Espero que perdure en la memoria de los que lo conocimos y que, aunque tarde, esos funcionarios y asesores que no hicieron nada antes de su caída, aboguen por construirle un recuerdo después de caído. Los árboles deberían vivir  para siempre.
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