La corrupción viene definida como soborno, es la acción y el efecto de corromper; es sinónimo de abuso, desorden, cohecho, seducción, depravación, perversión y desmoralización.
Aplicando tales acepciones al campo social o político y para efectos didácticos, decimos que corrupción es el acto a través del cual un funcionario público violenta las normas del sistema legal imperante, para favorecer intereses particulares o de grupo a cambio de un beneficio o recompensa para si o para terceros. Corrupto es por lo tanto el comportamiento desviado de aquel que ejerce un papel de esta naturaleza en la cosa pública y corrupción es un modo particular de ejercer tal influencia o abuso ilegal.
Se obtienen beneficios mediante la utilización de la influencia otorgada por cargos públicos o por la fortuna privada del particular que genera el enriquecimiento ilícito del funcionario. La corrupción, como alguien dijo, es el matrimonio entre un corruptor y un corrupto y el ánimo de lucro, que es propio de las actividades de la empresa privada y perfectamente legítimo, no valida el uso de de este tipo de mecanismos para obtener réditos inmorales a costa de la administración pública.
En el fondo la corrupción puede convertirse en un problema cultural, el marco formativo y de conducta predominante en nuestras sociedades, en unas más y en otras menos, es el individualismo, el consumismo, la carencia de valores, el afán por el poder, la codicia, el éxito económico reflejado en un "tanto tienes tanto vales" y el débil compromiso con lo público y con el bien común, llegando así a la asfixiante y frustrante situación actual.
Y es que, ciertamente, la corrupción al trastocar los valores de la ciudadanía y la juventud confunde lo que es correcto con lo incorrecto. Se crea la cultura de la tolerancia con el pícaro triunfador y éste, en vez de ser un marginado, pasa a ser pieza clave de grupos de tipo social, cultural, profesional y también políticos. La sociedad tolera la inmoralidad e, inclusive, políticamente se dice que no importa que robe, con tal que el funcionario público trabaje.
Cuando el poder público es corrompido, la sociedad pierde toda credibilidad sobre el sistema. Pone en peligro el sistema democrático debido al nivel de desconfianza institucional que provoca. Socava el compromiso social y público que el ciudadano debe poseer destruyendo paulatinamente las bases en las que la sociedad se afirma.
La corrupción es la mayor amenaza a los gobiernos, la política, los negocios y la democracia y nuestro Ayuntamiento no ha escapado a este fenómeno.
Lo antes citado es absolutamente correcto, si la democracia es una forma de vida necesitamos vivir honestamente para erradicar la corrupción del sistema, no hay regímenes de gobierno inmunes a la corrupción lo que existen son hombres honestos, funcionarios probos que moviendo los engranajes formales que el sistema procura para gobernar un ayuntamiento, pueden erradicar la inmoralidad pública.
Afortunadamente la Justicia ha tomado cartas en el asunto y aunque lenta no debe quedarnos ninguna duda de que en un futuro más corto que largo dara su merecido a los que se han valido de sus cargos para medrar
Se obtienen beneficios mediante la utilización de la influencia otorgada por cargos públicos o por la fortuna privada del particular que genera el enriquecimiento ilícito del funcionario. La corrupción, como alguien dijo, es el matrimonio entre un corruptor y un corrupto y el ánimo de lucro, que es propio de las actividades de la empresa privada y perfectamente legítimo, no valida el uso de de este tipo de mecanismos para obtener réditos inmorales a costa de la administración pública.
En el fondo la corrupción puede convertirse en un problema cultural, el marco formativo y de conducta predominante en nuestras sociedades, en unas más y en otras menos, es el individualismo, el consumismo, la carencia de valores, el afán por el poder, la codicia, el éxito económico reflejado en un "tanto tienes tanto vales" y el débil compromiso con lo público y con el bien común, llegando así a la asfixiante y frustrante situación actual.
Y es que, ciertamente, la corrupción al trastocar los valores de la ciudadanía y la juventud confunde lo que es correcto con lo incorrecto. Se crea la cultura de la tolerancia con el pícaro triunfador y éste, en vez de ser un marginado, pasa a ser pieza clave de grupos de tipo social, cultural, profesional y también políticos. La sociedad tolera la inmoralidad e, inclusive, políticamente se dice que no importa que robe, con tal que el funcionario público trabaje.
Cuando el poder público es corrompido, la sociedad pierde toda credibilidad sobre el sistema. Pone en peligro el sistema democrático debido al nivel de desconfianza institucional que provoca. Socava el compromiso social y público que el ciudadano debe poseer destruyendo paulatinamente las bases en las que la sociedad se afirma.
La corrupción es la mayor amenaza a los gobiernos, la política, los negocios y la democracia y nuestro Ayuntamiento no ha escapado a este fenómeno.
Lo antes citado es absolutamente correcto, si la democracia es una forma de vida necesitamos vivir honestamente para erradicar la corrupción del sistema, no hay regímenes de gobierno inmunes a la corrupción lo que existen son hombres honestos, funcionarios probos que moviendo los engranajes formales que el sistema procura para gobernar un ayuntamiento, pueden erradicar la inmoralidad pública.
Afortunadamente la Justicia ha tomado cartas en el asunto y aunque lenta no debe quedarnos ninguna duda de que en un futuro más corto que largo dara su merecido a los que se han valido de sus cargos para medrar






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