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Un deseo sin cumplir

Sábado, 12 de Enero de 2008
Tiempo de lectura:
Esta mañana me he levantado y he descubierto, con un profundo desánimo, que hay un deseo que ya jamás podré cumplir.  Anoche se nos murió un poco a todos el poeta asturiano Ángel González.  Yo siempre había soñado con estrechar la mano del hombre que me enseñó a ver lo que escondía un poema.  Como bien señaló Benjamín Prado en un excelente poema a él dedicado: Me enseñó que un poema es un acuario con peces de verdad y agua inventada No me sale una necrológica al uso donde señalar la grandeza de su obra, otros lo harán con mayor conocimiento.  Aún no sé si un lector tiene derecho a apropiarse de la creación de otros y sentir determinadas palabras como nacidas de uno mismo, pero eso es algo que me ocurre frecuentemente cada vez que tengo entre mis manos cualesquiera de sus libros. Leer a Ángel González es un placer, releerlo es mucho más que eso. No puedo recordar la infinidad de veces que he recomendado su lectura,  a mí me parece que es el poeta perfecto para iniciarse en la lectura de la poesía por parte de aquellos que les parece algo lejano, que hay que leer con la mano en el pecho y haciendo aspavientos. Esa es la principal característica de su  poesía: esa arrebatada adhesión a la realidad, ese conveniente acercamiento a la cotidianeidad para descubrirnos la cercanía de la belleza que esconde lo cercano, lo humano. Fue un hombre, por encima de todo, que cumplió con su palabra  un compromiso que fue más allá de lo político, un compromiso centrado en el hombre. La ironía. Pocos poetas han llenado tanto sus versos con el uso de este recurso como él supo hacerlo. Se decía que  había llegado a Madrid desde su Universidad americana de Alburquerque porque se notaba como los camareros de la Villa y Corte estaban más contentos. Siempre he sido un convencido de que una de las pruebas mayores de la inteligencia en las personas es su sentido del humor y su sentido de la ironía, y, en este aspecto como en otros muchos, fue un maestro. Había conseguido domesticar la palabra como el más hábil de los domadores de leones, repitiendo una y otra vez su espectáculo sin que jamás llegáramos a descubrirle el truco. Como el herrero más aventajado entre los de su gremio, supo coger las palabras con tenazas, meterlas en el fuego hasta ponerlas rojas de ira y luego moldearlas hasta conseguir la pieza perfecta, aquella que jamás aprenderá a hacer ninguna máquina. En el año 2001 aún nos regaló su último poemario, “Otoños y otras luces”.  Recuerdo con especial alegría el momento en que lo descubrí en la estantería de la librería y como no pude esperar a llegar a mi casa para empezar a leerlo, iba camino de mi coche con una sonrisa mal disimulada en el rostro, como el que acaba de volver a ver un amigo con el que hacía tiempo no cruzaba nuevas palabras. El componente mágico que siempre han tenido sus palabras para mí se hizo especialmente patente al descubrir sus nuevos versos, volvían a estar empapados de alegría de vivir y de desánimos y tristezas, que, si bien se miran, terminan siendo diferentes caras de la misma moneda. Un poeta jamás muere mientras siga vivo en las páginas que nos legó. No creo que haya mejor homenaje que sentarse a leer cualquiera de sus poemas, esos que ha dejado desperdigados a lo largo de más de cincuenta años. Háganme caso y regálense un libro de Ángel González. Aprenderán a disfrutar de nuevo del sabor de las palabras que ya creían conocer. Y eso no es poco en días como éstos, cuando tanto nos parece tan insípido. Samuel Rodríguez Navarro. Maestro de Primaria y lector.
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