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Alrededores de los días cualesquiera

Lunes, 24 de Diciembre de 2007
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Suele ser habitual el sentirse náufrago en según que días. Por doquier suenan tonadillas que nos recuerdan el deber de ser felices durante la próxima quincena, y en ocasiones imaginamos rebeliones contra la consigna navideña, sin levantarnos en armas pero sí en ironías.  La valentía no suele pasar de ahí. Las palabras también ofrecen huecos que nos sirven de refugio en los que sentirnos todavía valientes, lo cual no es poco en estas ocasiones. Rompamos la baraja, salvo si es un antiquísimo regalo de familia, y tomemos la palabra: la mía con poco hielo, por favor.  Cada uno de estos días tiene toda la grandeza con la que los queramos barnizar, no es baladí recordar que los esfuerzos mayores suelen ser los de los asuntos menores, pero insistentes y lacerantemente cotidianos. Las razones que esgrime un calendario al final de cada año, recordándonos que otra vez estamos aquí, son tan nobles como las que esgrime anónimamente un veintiuno de febrero, pongo por caso.  Todo radica en una cuestión de entusiasmo, ese íntimo e individual estado de percepción fugaz que nos hace tomar unos derroteros u otros, sin que la mayor parte de las veces sepamos a qué es debido. Lo que en un concreto instante nos pareció artificial y acartonado, puede mágicamente volcar su primitivo disfraz y volverse generador de fuegos artificiales en nuestro interior. De nosotros depende, no lo olvidemos, y es necesario que cada uno sepamos cuales son los senderos que nos guían hacia nuestro poblado, aquel que hemos construido pacientemente y en el que aún podemos decidir estrictamente quienes son los que componen el censo. Tenemos siempre pendiente alcanzar mayores cotas de empeño en la misma tarea: convencernos de que aún es posible hacer coincidir en el eje de coordenadas que rige nuestra vida iguales dosis de realidad con la legítima necesidad de soñar. Dentro de cada uno de nosotros estoy convencido de que late ese instinto, cualquiera de nosotros podría enarbolar esa bandera.  Curiosamente, nunca se apela tanto a los sentimientos como en estas fechas, y se les saca a la calle en una procesión bastante inusual en estos tiempos gélidos. Lamentablemente, la banalización y comercialización inmisericorde a las que los hemos sometido, contribuyen a no darles la credibilidad que merecerían.  Algunos de los buenos deseos suenan como encriptados en luces de neón, tan lejanos cuanto más repetidos.  Culpa nuestra otra vez. Es tiempo de hacer tratos con nosotros mismos para poder buscar el consenso con otros. Levantemos de nuevo las copas de espumoso y hagamos chinchín sin estridencias ni alharacas excesivas, pero sí con el íntimo convencimiento de que hay determinados aspectos que  pueden ser modificados. Somos los arquitectos de nuestras desdichas y nuestras alegrías.  Lo de los mazapanes y las serpentinas es simple adobo, ni siquiera llega a ser una excusa. Todos los días del año llevan inserto el germen de la dicha y del frío distanciamiento.Nosotros decidimos.  No lo olvides.
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