Morir en Paris
Los atentados de Paris han servido para que el miedo se haya instalado en Europa y alguien dijo que el miedo mueve la Historia.
Las 224 personas que murieron en el Airbus ruso cuando sobrevolaban el Sinaí, las 130 que murieron en Paris y las 27 que han muerto en Mali, tienen en común haber sido víctimas de la barbarie terrorista pero se diferencian en la repercusión mediática que ha tenido cada uno de estos atentados, con lo que se pone de manifiesto que el lugar donde ocurra una tragedia de este tipo marca más o menos la atención de los medios y la de los políticos de turno.
Pueden estar muriendo miles de personas en muchas partes del mundo como consecuencia de la insensatez y la intransigencia, pueden estar ocurriendo masacres en lugares como, por ejemplo, Nigeria y se mira para otro lado, pero ocurre en un lugar tan emblemático, tan glamuroso como París y se encienden todas las alarmas, se cuestionan muchas cosas como, por ejemplo, quién financia y arma a los terroristas, se plantea si ha habido demasiada tolerancia, etc., etc.
Los atentados de Paris han servido para que el miedo se haya instalado en Europa y alguien dijo que el miedo mueve la Historia. Estamos avanzando a paso lento y con sustos frecuentes hacia la certeza de que el temor es una forma de asumir que se está perdiendo la defensa. Parece que cuando un atentado de estas características ocurre en un país de primera línea y, además, en una ciudad con tanta atracción mundial, de repente se toma conciencia de tener miedo porque no se sabe qué pasa y además nadie está convencido de que una situación como ésta no volverá a ocurrir.
Hay que sospechar que después de París iremos a peor porque hay un implacable y sanguinario enemigo nuevo, disperso, fantasmal, sentado en el rellano de la casa de al lado. De fondo hay unas banderas y una interpretación religiosa cumpliendo con su causa de aupar muertos, de hacer de su dios un hacha. Estamos asistiendo a la escenografía del terror propiciado por un absurdo fanatismo. Es humano tener miedo, pero al miedo es conveniente vencerlo porque es el arma secreta de los que ahora atacan.
Unos ataques que no van dirigidos a los fuertes ni a lo fuerte, sino a lo normal, a lo inmediato a los ciudadanos que pasean, que bailan, que pasan un rato en alguna terraza, a cualquiera. Mientras tanto tenemos demasiadas coartadas verbales y poco temple en el oficio de defendernos. Los terroristas lo saben y conocen la lenta cortesía de una diplomacia que se ha ido al garete.
La lucha está entre quienes creemos y pretendemos afianzar los derechos humanos, la diplomacia, los acuerdos, la convivencia y demás palabra sobre palabra, y esos otros que trabajan con el pánico, los únicos dueños del miedo, que lo distribuyen, que lo asestan, que preparan a hombres y mujeres capaces de infundirlo sin que los notes cuando están muy cerca.
Estamos ante unos fanáticos que saben muy bien que cuanto más incomprensible es un crimen es más alto el espanto que impone. Y también saben que mejor que hacer el fundamentalismo es evitar que los demás hagan la democracia; de esa manera nos pueden ganar lentamente porque, además, no tienen prisa, por lo que su lóbrega ilusión de generar el caos absoluto puede durar años.
Estamos ante un fanatismo terco que está atacando indiscriminadamente en todo el mundo aunque haya partes de ese mundo, como en este caso Paris, que parecen más importantes que otras a juzgar por la atención que se le presta sin reparar en la circunstancia de que una muerte por terrorismo merece la misma atención y condena en una ciudad de elite que en cualquier lugar apartado del mundo porque son personas las que lo están sufriendo.
No se debe olvidar que a ese fanatismo homicida y suicida se llega por el aburrimiento, la incultura, las carencias, el hambre, la humillación o el delirio. Ante el mismo no nos vale ya el pacifismo de guitarra en corro, habrá que actuar con firmeza pero sin dejar de pensar en la responsabilidad que están teniendo en esta situación las políticas que hasta ahora se han llevado a cabo y que han abierto esos caminos que conducen a este tipo de fanatismo.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.








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