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Mi amor por la bandera

Martes, 16 de Octubre de 2007
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Esta derecha entre nostálgica y crepuscular, la que echa de menos al General Moscardó, a Guzmán el Bueno, la expulsión de los moriscos, a los Reyes Católicos e incluso a Roberto Alcázar y Pedrín, pretende ahora tatuarnos la bandera nacional en el centro de nuestra mente para que no haya duda alguna de que somos españoles. Nuestra identidad española y castiza viene dada por un cargamento de símbolos eternos –la bandera, el himno, el odio a los nacionalismos históricos- y cuidadito aquel que no proclame su inocencia nacional demostrando su amor a “lo nuestro” pues de inmediato pasa a ser “un enemigo” contra el que caben todo tipo de agresiones. Si hay algo verdaderamente grave que hoy en día es intolerable para esa derecha es no ser lo suficientemente español. Un español de verdad se emociona con su bandera, la besa, duerme con ella, es la patria de su consuelo y el trapo que cubrirá su cuerpo cuando muera y vaya al cielo. Nuestros sentimientos de amor a la bandera deben ser enérgicamente exhibidos al estilo americano. El himno ha de sonar de manera continua en cualquier inauguración, en el comienzo del curso escolar, en cada colegio, al principio de cada clase, al inicio de la jornada laboral, en cada empresa…, los empleados de Eustasio López, Angel Luis Tadeo, Félix Santiago, Juan Miguel Sanjuán y Pedro Luis Cobiella, por citar cinco empresarios reconocidos por la amplia nómina que pagan cada mes, no sé a qué esperan para mandar interpretar el himno cada mañana envueltos en la insignia de la nación. Y qué decir de la bandera. Su presencia alimenta el fuego del hogar de cada chalé, dúplex, casa o casita, hacienda o monasterio, lugar de descanso del rico o del pobre… Un decreto tendría que indicar con precisión el noble lugar en dónde colocarla. ¿Qué les parece dos y no una solitaria y tímida, la primera sobre el televisor y la segunda encima de las cabezas del matrimonio, pareja, reyes de la casa, siempre suponiendo que los amantes sean de distinto sexo ya que damos por hecho que no hay bandera que tape las vergüenzas de la sodomía? Y, en fin, para que tampoco piensen erróneamente que me olvido de la cantera también habría que instalar, aunque más pequeñitas, bonitas banderas rojigualdas en el cuarto de los herederos. Y una orden tajante: rezarle a la bandera antes de irse a dormir. Mi amor por la bandera ha de ser pleno. Hasta quererla conscientemente en cada minuto de mi existencia. Es cierto que aunque ame de manera desesperada, prodigiosa, tierna o violentamente, a mi mujer, a mis hijos, y a mi perrita, casi nunca lo confieso. Vamos, yo no soy uno de esos tipos que se levantan y le dan un beso a su costilla y luego le dicen: “No sabes, cariño, la ausencia que sentí de ti durante el sueño; era tan insoportable no manifestarte mi amor durante esas largas horas que dormir fue una pesadilla; te adoro, qué bien que sigas estando aquí los últimos treinta años, creo que a partir de ahora haré vigilia y protegeré despierto tu cansancio”. Y a continuación correr agitado a la habitación de los niños y exclamar: “Déborah, Javier, María, y tu también, querida perrita Lola, sepan que no he cambiado de opinión desde ayer por la noche: les quiero un montón y son ustedes el motor de mi existencia; gracias por existir”. Y entonces fundirnos todos en un abrazo universal, con la perrita Lola saltando de la alegría y yendo a buscar la bandera española para compartir nuestro amor familiar con el símbolo de todos nosotros: la patria, coño. Lo lamento pero no soy de estos. Supongo que entre los tardofranquistas fugitivos del tiempo habrá una legión de tipos que se comporten de forma tan extraordinaria, pero yo sólo siento, y lo que siento es tan mío y tan propio que no preciso declararlo, ni siquiera ante aquellos que quiero. Bastan las obras, las acciones diarias, imagino. Es un déficit educativo aún no superado. Lo lamento de nuevo. Pido perdón igualmente porque nunca haría el gilipollas para ir a una guerra por mi país; si me reclutaran, me escaparía, huiría y me encantaría correr lo más lejos posible de políticos embutidos en banderas nacionales que necesitan hacer méritos, o negocios privados, con líderes americanos con la autoestima baja. Y solicito castigo porque, en realidad, la bandera, la esencia de nuestras esencias, me importa un pimiento; me da lo mismo que sean esos los colores o que lleve los de Brasil y Japón. E igual opino del himno… Uno nace y se encuentra con esas cosas y carga con ellas toda la vida; ya estaban aquí y nuestra opinión no contó. ¿Puedo decir sin temor a represalias que la música del himno es detestable, que más burda no puede ser, que recuerda a muerte, destrucción y guerra civil, y que en vez de ponerle una letra lo preferible sería exterminarlo, degollarlo al amanecer, y sustituirlo por uno nuevo, que huela a limpieza, a democracia y a ganas de romper con un pasado ojerizo y de tercera división? ¿Qué sentido tiene mantener el marcial franquismo de la música dándole la coartada de una nueva letra? Este país es tan asombroso que somos capaces de caber todos aunque en ese todos no pensemos ni por asomo de manera similar. Esa es nuestra grandeza. Cataluña y Euskadi son más españolas cuanto más catalanas y vascas sean. Caben todas las banderas, todos los himnos, y todos los tipos despreciables que juegan con las cosas de comer. El que piense lo contrario se equivocó de siglo. Pronto constataremos una certeza electoral incuestionable: gana quien controla el centro. La bandera y el himno por narices, los insultos “patrioteros” al Rey o al jefe del Gobierno sin venir a cuento, la descalificación a quien piensa u opina en sentido adverso, la España de los buenos y de los malos, el terrorismo como arma política o el miedo al nacionalismo que se resucita cuando interesa, es exactamente el paisaje que dibujó “El Alcázar” y Blas Piñar en los orígenes de la Transición. Y entonces la derrota cayó, y así fue durante lustros, hacia el lado de Alianza Popular.
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