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El listillo de la clase

SEGISMUNDO URIARTE DOMÍNGUEZ Sábado, 11 de Julio de 2015 Tiempo de lectura:

omo a casi todos los estudiantes mediocres si se les plantea si debe o no debe haber exámenes, van a contestar que no y así lo hizo la mayoría de la clase aunque sabían que los mismos iban a seguir existiendo.

Esta es la historia de dos estudiantes de un prestigioso colegio europeo. Uno se llamaba Mariano y el otro Alejandro. Mariano era un tipo serio, más bien aburrido, que se empeñaba cada día en hacer las tareas lo mejor posible para lo que sacrificaba gran parte de su tiempo libre para poder sacar adelante sus estudios de la manera más satisfactoria aún a costa de ser austero en las diversiones y en la salida con compañeros.  Esta manera de ser le hizo perder amistades y ganarse la fama de empollón.

Alejandro era un estudiante mas pasota que anteponía las reuniones con los amigos a las tareas propias del colegio, era una persona alegre que se ganaba rápidamente la amistad de los compañeros de clase y que le importaba poco sacar adelante el curso porque vivía al día y no veía más allá de pasarlo bien olvidándose por completo de su futuro. Su filosofía de vida fácil le llevó a plantearse la utilidad que tenían los exámenes y abogaba por su no existencia. Esa idea le llevó a plantear a la clase una especie de referéndum para ver qué opinaban sus compañeros.

Como a casi todos los estudiantes mediocres si se les plantea si debe o no debe haber exámenes, van a contestar que no y así lo hizo la mayoría de la clase aunque sabían que los mismos iban a seguir existiendo. Esta consulta le permitió a Alejandro pensar que su filosofía de vida era la correcta y que podía seguir haciendo frente a las normas del colegio amparándose, además, en su historial reivindicativo y contrario al sistema establecido.

Al equipo directivo de aquel prestigioso colegio no le hacía ninguna gracia esta situación que ponía en peligro la credibilidad de la institución y creaba un precedente peligroso para el resto del alumnado de la misma. Por ello intentaban convencer a Alejandro que si quería permanecer como alumno, tendría que respetar sus reglas y aplicarse más en las tareas que debía llevar a cabo.

Mariano y otros alumnos de las mismas características también hablaban con él para intentar que no se rompiera el equilibrio existente insistiéndole que no era cuestión de su prestigio personal sino de aceptar unas reglas de convivencia con las que se pretendía sacar adelante los objetivos generales de todo el colectivo de estudiantes.  

Alejandro no atendía a razones y consideraba un despropósito esas reglas, por lo que siguió dando al equipo directivo quebraderos de cabeza que obligaron al mismo a plantearse la necesidad de su expulsión, cuestión ésta que empezó a ser complicada dado que el colegio formaba parte de una franquicia americana que tenía el temor de que Alejandro se fuera a otro colegio de un franquiciador competidor.

Por ello, montaron una estrategia para salir airosos evitando que alumnos como Mariano tuvieran la impresión de haber hecho el primo y, sobre todo, no dar la sensación de que quien realmente mandaba en el colegio era el franquiciador americano. 

Si esta historia les suena, les diré que cualquier parecido con la realidad NO es mera coincidencia.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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