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Errores de actitud

SEGISMUNDO URIARTE DOMÍNGUEZ Martes, 24 de Febrero de 2015 Tiempo de lectura:

Todo proceso de comunicación, en cualquiera de los campos donde se aplique, está lleno de una serie de matices

Todo proceso de comunicación, en cualquiera de los campos donde se aplique, está lleno de una serie de matices, a veces imperceptibles, que pueden contribuir a su éxito o fracaso. Uno de esos matices lo constituye la actitud que se adopte a la hora de comunicar. La vanidad, la egolatría, el afán de poder, los personalismos o la desconfianza son actitudes que pueden lastrar cualquier política de comunicación.

Cuando en un proceso de comunicación aparece la vanidad, esa comunicación se aísla de la realidad para estar sometida al culto de la apariencia donde se tiende a vivir pendiente de lo accesorio y olvidar lo esencial. Una comunicación impregnada de vanidad crece al son de los halagos que generan una satisfacción inmediata pero muy efímera. Es una comunicación que busca su esencia en los aplausos ajenos.

La egolatría es otra actitud negativa que se debe evitar en la comunicación porque supone, entre otras cosas, el rechazo a las críticas constructivas puesto que los ególatras que pretenden comunicar impiden algo fundamental en todo proceso de comunicación: la retroalimentación, encerrándose así en un estéril círculo vicioso.  

Son muy variados los campos en los que se aplica la comunicación pero es en el del ejercicio del poder donde las consecuencias de una mala política comunicativa pueden acarrear consecuencias más sonoras. Ejercer el poder adecuadamente requiere de un equilibrio de fuerzas que permitan no ahogarlo ni tampoco perder su control. Tanto la acción de ahogar el poder como la acción de ser  demasiado permisivo, llevan a una misma consecuencia: la pérdida de credibilidad en quien pretende comunicar algo.

Todas aquellas personas que ejercen un poder agobiante, suelen ser personas que más que aglutinar y formar equipo lo desintegran y nunca dejan en manos de los colaboradores responsabilidades importantes, con lo que se consigue que los mensajes circulen en un sólo  sentido y no se propicie el trabajo en equipo.

Pero si es negativo ejercer un poder agobiante, también lo es ejercerlo abriendo mucho la mano por querer quedar siempre bien, con  lo que se consigue que lo que se comunica no tenga un criterio firme y definido  y, por tanto, impedir el desarrollo de una política de comunicación seria y fiable.

Los personalismos, por su parte, generan críticas y crispación y pueden restar credibilidad. Resulta lamentable que, a la hora de comunicar, las actitudes personalistas pasen a ser más importantes que un discurso colectivo y responsable. La actitud personalista no ayuda a buscar soluciones porque la responsabilidad de una política de comunicación está repartida siempre, en diferente medida, entre las partes. Practicar el personalismo es sentirse débil respecto al mensaje que se pretende compartir.

La desconfianza o las actitudes hostiles condicionan mucho la comunicación porque le  afectan transversalmente. De nada vale tener un excelente plan de comunicación si lo que se comunica está condicionado por un clima de desunión y falta de entusiasmo en la tarea que se esté llevando a cabo.

Si comunicar es compartir un mensaje y el compartir conlleva acercamiento, el primer y más importante acercamiento tiene que darse entre los miembros a los que se dirige la comunicación para lograr así que ese mensaje se comparta con fuerza y con plenas garantías de motivación y credibilidad.

La prevención de estos errores
Para prevenir los errores expuestos, hace falta estar en posesión de un liderazgo eficaz que promueva el poder creativo de las personas y contribuya, de este modo, a que se unan entre sí para crear estructuras fecundas. Un liderazgo que otorgue a las personas que lidera, poder de discernimiento y de iniciativa, y la capacidad de ser autónomas.
Que sea capaz de equilibrar las distintas tendencias y sensibilidades y que pueda contribuir a enriquecerla, intentando extraer de ellas lo más positivo, evitando los enfrentamientos, preocupándose de que todas ellas se respeten y se acepten. Un buen liderazgo es capaz de saber delegar y, sobre todo, confiar en las personas en las que se delega, respetando fielmente su trabajo.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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