La carrera hacia las elecciones
Estos vendedores de humo con aires intelectuales pretenden convertirse en “salvadores de la patria”, aunque entre sus filas haya algún que otro defraudador.
Uno de los objetivos de cualquier partido político es el de hacer de mediador entre la sociedad civil y el Estado para lo cual, sobre todo a través de distintos cauces de comunicación, plantean, discuten y proponen soluciones a los problemas políticos y públicos en general contribuyendo a que los ciudadanos tengamos conciencia de ello y podamos tomar partido por aquello que consideremos lo más oportuno.
De acuerdo con esto, cabe pensar que la razón primera de los partidos políticos es lograr el bienestar de las personas para lo cual montan sus estructuras y sus organizaciones. Esas estructuras y organizaciones tienen en este momento, cercano ya a las próximas elecciones, un trabajo común: preparar las listas electorales, los mensajes y las estrategias para hacer llegar a los ciudadanos sus propuestas de la forma más eficaz.
Y es en este momento cuando es interesante analizar la postura y la trayectoria de aquellos candidatos que pretenden ostentar el poder municipal, insular, autonómico o nacional, alguno de los cuales exhiben un protagonismo de tal envergadura en su partido que si no le siguen la corriente, son capaces de montar un partido propio en un ejercicio de vanidad que nada bueno dice de una persona que pretende estar al servicio de la ciudadanía, porque lo que está demostrando es una desmesurada ansia de poder.
Hay otros que, amparándose en una puntual circunstancia social negativa, envuelven sus propuestas en un populismo que es capaz de fascinar a muchas personas y hacer promesas a costa de terceros y que, por tanto, no son realistas. Estos vendedores de humo con aires intelectuales pretenden convertirse en “salvadores de la patria”, aunque entre sus filas haya algún que otro defraudador. Montan un tinglado basado en el cabreo de mucha gente con el que quieren hacer ver que tienen la solución para ese cabreo pero no especifican cómo hacerlo porque una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo.
Hay quienes quieren hacer de la política su feudo particular y piensan de antemano en estrategias de pactos que les permitan lograr su objetivo. Una estrategia que consideran más factible llevarla a cabo si en las mismas participa su pareja, de otro partido, que suponga sumar votos y así quedar todo en casa, dejando a un lado todo lo que sea dignidad política.
En esta carrera hacia las elecciones hay también muchos participantes que tienen el inconveniente de cojear. Una cojera que es consecuencia de pasados errores que han hecho perder credibilidad a su partido aunque pretendan ocultarlo atribuyendo a otros la culpa. Son personas que, de entrada, no tienen la confianza de gran parte de los electores por mucho que goce de simpatías entre algunos miembros de su partido.
Las listas electorales deberían estar configuradas por personas que sepan aglutinar y tener clara la idea de equipo, que sepan delegar, que sepan cuáles son sus carencias y dejarse asesorar por aquellas quienes pueden llenar sus lagunas, por personas críticas que huyen de todo servilismo.
Las candidaturas deben estar cubiertas por personas que tengan muy en cuenta que a los problemas que preocupan a los ciudadanos, como el paro, la sanidad, la educación, la seguridad, hay que darles soluciones efectivas y factibles. Para ello hay que tener muy claro el modelo de gestión política que hay que llevar a cabo. Una gestión que debe estar siempre muy conectada a la realidad en la que se desenvuelve la ciudadanía.
Las personas que aspiren a entrar en una lista electoral deben tener criterios coherentes y un elevado sentido de lo que significa representar a los ciudadanos. La altanería y la soberbia son dos ingredientes que nunca deben estar presentes en el bagaje de un candidato o candidata. Y el partido político que lo consienta está abocado a cosechar un sonoro fracaso electoral.
Por ello, tan importante como la confección de los programas electorales, es la elección de los candidatos y candidatas y no debe temblar el pulso a la hora de excluir a aquellas personas que, en lugar de haber dimitido por sí mismas, pretenden seguir ocupando plazas de privilegio en las listas electorales como si esas plazas la hubieran ganado en propiedad.
Hay que tener la valentía necesaria para poner a los ególatras en su sitio y apostar por aquellas personas que han demostrado sobradamente su eficacia, su eficiencia, su cercanía al pueblo y su vocación de servir y no de ser servido
Es de desear que las luchas internas que suelen darse en los partidos por alcanzar un puesto de salida no trasciendan a la opinión pública, pero eso parece cosa imposible dada la gran cantidad de vanidad y ambición desmedida que se acumulan en los mismos, lo que supone un espectáculo lamentable que propicia la pérdida de confianza de la ciudadanía no sólo en los partidos políticos sino también en las instituciones. Esperemos que las personas que integren las listas electorales sepan estar a la altura necesaria, por el BIEN COLECTIVO y por el bien de los propios partidos.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.








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