La democracia "coronada"
La línea continuista, justificada en lo que se legisló cuando la Constitución de 1978 y la apología de la realeza de sangre, son los ejes fundamentales que justifican la entronización del nuevo rey
Estando reciente la coronación del único hijo legítimo varón del abdicado rey, lo que asegura, por vía hereditaria, su acceso a la jefatura estatal, la reivindicación de proceder a una consulta y decisión ciudadana vinculantes, sobre la idoneidad del modelo monárquico o el republicano como forma del Estado de España, cobra una comprensible actualidad. Con el reconocimiento del nuevo rey, la prevalencia de la concepción monárquica y su fundamentación elitista, hereditaria y masculinista, ha quedado confirmada. En el otro lado del espectro, la república, su alternativa, parte del reconocimiento de lo político y sus instituciones como asunto exclusivo de la ciudadanía.
La línea continuista, justificada en lo que se legisló cuando la Constitución de 1978 y la apología de la realeza de sangre, son los ejes fundamentales que justifican la entronización del nuevo rey. Desde luego, identificar lo pasado y lo tradicional con lo obsoleto y caduco ofende tanto a la inteligencia y la sensibilidad como, al contrario, pretender que lo actual y nuevo es lo mejor y más progresista, siempre. Desde la Edad de Piedra, la historia de la humanidad está llena de experiencias y lecciones que sería muy conveniente que los tiempos modernos no olvidaran. La condición humana está ahí desde la noche de los tiempos, no se innova como las convenciones culturales o los artefactos tecnológicos.
Con todo, en sociedades seculares, democratizadas y plurales como las occidentales, no parece muy justificable -como pretenden los incondicionales de la monarquía- la pretensión de que en la figura del rey coinciden tantas excelencias, capacidades y actitudes como para que su persona se distinga y dignifique, tan extraordinariamente, y que esa condición extraordinaria, además, se transmita vía genética y –aún hoy, en el caso de España- para el género masculino.
Para cuestionar pretensiones infundadas y situaciones opresivas, es por lo que la ética y la política ya hace mucho que surgieron. Estas disciplinas son saberes prácticos, centrados en el conocimiento social y la dignidad humana para cuestionar la naturalización del pasado y la tradición: la ética, en la dimensión personal y la política, en el ámbito social. En palabras de Carlos Díaz, “la política aparece una y otra vez bajo la forma de ética cívica pública.”. Desde estos ámbitos, muy a menudo, se ha planteado que la mejor manera de asegurar la estabilidad y la prosperidad de un Estado es contando con la bondad moral y la integridad de sus ciudadanos y ciudadanas. Recíprocamente, un Estado que sea benevolente con su ciudadanía y que asegure prácticas y servicios gubernamentales razonables y ejemplares, es la manera más segura de tener animada y comprometida a la población en el buen gobierno.
Pues el Estado es una institución corruptible y las personas somos falibles y contradictorias. Desde los valores democráticos, la única solución a la atonía social y a los abusos de los poderes fácticos es la concienciación de cada ciudadano y ciudadana en la necesidad de involucrarse en las labores políticas de interés común y no admitir la corrupción como una realidad inalterable que cada cual tendrá que superar individualmente.
Y, en todo esto, y en otros importantes asuntos públicos que nos afectan a todos ¿Qué pinta un rey que, al margen de cómo se gobierne, reina y, además, de por vida?
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.








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