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Viviendo en San Borondón

De la república y el federalismo

JOSÉ F. FERNÁNDEZ BELDA Miércoles, 25 de Junio de 2014 Tiempo de lectura:

El debate sobre el modelo para la Jefatura del Estado parece haberse abierto tras la abdicación de Juan Carlos I

Rara es la manifestación, sea cual fuere el motivo de la convocatoria, que no aparezcan casi siempre los mismos grupos de personas con banderas tricolores de la II República del Frente Popular y las rojas con hoces y martillos del PCE o sus sucursales y escisiones, curiosamente símbolos de experiencias históricas sangrientas y fracasadas, tan lejanas en el tiempo como en la memoria de la gran mayoría de la población.  Por ahora no suelen acompañar también aquellas del MPAIAC de hace unos años, también tricolores con siete estrellas verdes, con un marchoso grupo coreando lo de “me gusta la bandera, ¡ay, mamá!, bandera tricolor”.

Pero ya que el debate sobre el modelo para la Jefatura del Estado parece haberse abierto tras la abdicación de Juan Carlos I, cabe preguntarse ¿qué quieren decir con queremos la república los que gritan en las calles “queremos la república”, y parodiando hasta el ridículo aquel eslogan del mayo del 68, “y la queremos ya”?

El término república tiene varios significados y demasiados matices para despacharlos con un eslogan o un planteamiento tan simple como es el de suprimir la monarquía.  De entrada, el propio DRAE lo define primeramente como una organización del Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos o por el Parlamento para un período determinado. Pero también lo define negativamente diciendo que es un “régimen no monárquico”, por ejemplo, en los países islámicos, Corea del Norte o Cuba.  Para mayor ambigüedad, la acepción sexta (sin buscar segundas intenciones con el numerito ordinal de marras), es el lugar donde reina el desorden.

Dada la simbología que lucen en camisetas muchos manifestantes, con el icono del guerrillero “pacifista” Che Guevara, y las banderas que hacen ondear por doquier, no parecen querer un debate sobre el tipo de república que le gustaría a la mayoría, sino imponer su propio modelo e ideología aprovechando el general desconocimiento de nuestra historia del siglo XX.  No dejan así espacio para que se manifiesten los que podamos aspirar a una III República de nuevo cuño y con nuevos planteamientos, no necesariamente revolucionaria tipo bolivariano.

Como elementos para el debate, debería ponerse sobre el tapete la función que ha de ejercer el  Jefe del Estado, dejando momentáneamente a un lado si el cargo lo ocupa un rey o un presidente electo.  Si, como tantas veces se afirma, ha de actuar como árbitro imparcial en los controvertidos asuntos de estado, ¿cómo podría ser elegido entre candidatos de los partidos políticos, por definición partidistas y sectarios, que lo imposibilitaría ética y políticamente para arbitrar en asuntos donde por pura lógica actuaría como juez y parte?   

Si se estimara que la Jefatura del Estado debiera ser ocupada por un político, sería oportuno plantearse para qué y por qué mantener esa figura y no hacerla coincidir con la de Jefe del Gobierno, como sucede en los Estados Unidos, donde ahora mismo Obama es el presidente de la república, del gobierno y jefe de las fuerzas armadas.  Y no se puede negar que es un país democrático, donde los tres poderes del estado están contrabalanceados sin necesidad de una cuarta figura institucional.  Sería además un gran ahorro económico, argumento para los que lo plantean en ese terreno material y no en cuestiones de filosofía de estado o de principios.

Otra gran ambigüedad actual es la polémica, más de políticos y sus ambiciones personales que de los ciudadanos, es la relacionada con el federalismo.  ¿Qué quieren decir con queremos una España federal los que, desde los partidos políticos, se manifiestan como “federalistas” o como directamente y sin subterfugios independentistas, para después federarse, o no, con quien se deje federar con ellos?

En el caso secesionista catalán, ya Pascual Maragall y Carmen Chacón abrieron la caja de Pandora de la confusión, para los que quieren dejarse confundir, al hablar de “federalismo asimétrico”. O Pérez Tapias apostando por un viraje a la izquierda y un “estado plurinacional”.  En las semanas pasadas puso la guinda del pastel Arturo Mas, pidiendo el ingreso de Cataluña como “invitado especial” en la Francofonía, olvidando cómo maltrata Francia a sus nacionalismos bretón, corso, occitano, vasco y otros grupúsculos, cada uno en busca de su pequeñita “grandeur”.  Tampoco pareció importarle que esa organización la constituyen personas y países en el mundo que usan el francés como lengua y signo de identidad, no ese dialecto del occitano que históricamente, hasta el siglo XX, fue el catalán.
En los momentos actuales también estarían muy interrelacionados república y federalismo a la hora de conformar un nuevo sistema político para España.  Es fundamental aclarar qué tipo de federación se prefiere para definir el ámbito territorial de una presunta república.  Desde una única III República Española hasta una confederación de las 17 posibles mini repúblicas hispánicas.  Para el archipiélago canario, rememorando aquello de la doble autonomía que algunos preconizaban, ¿habría una, dos o siete repúblicas guanches?

Si la opción fuera esa confederación, habría que llegar a un amplio consenso sobre cuál será la lengua franca de esa especie de Commomweath.  Unos querrán que sea el catalán, otros el euskera batúa, jabla, gallego o bable.  Incluso también, ¡por qué no!, el silbo gomero si las Islas Canarias fueran siete sobre el mismo mar, ya que el villancico parece insinuar que habría una subconfederación de las repúblicas canarias, al menos por Navidad. Esa diversidad lingüística crearía un gran número de puestos de trabajo de traductores e intérpretes, que sin la menor duda la UE, con Merkel a la cabeza, se apresurará a financiar con una renta básica a tanta gente sensibilizada en la sensibilidad de la diversidad diversa.

Se puede y se debiera hacer un inmenso ejercicio de “pedagogía”, como se dice ahora cuando no se quiere explicar con claridad las cosas que deberían explicarse sin ambigüedades, detallando picado y menudo los conceptos y las opciones posibles, dejando a un lado el lenguaje politiqués, tan ambiguo como falaz que usan los políticos para intentar llevarnos a su huerto, olvidando que ellos sólo lo administran por representación y no por propiedad.   

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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