Desarrollos alternativos o complementarios
Cuesta trabajo creer que nadie en Canarias, con algo de sentido común y visión de la realidad globalizada, pretenda buscar una alternativa que sustituya el turismo por otra cosa.
Con frecuencia se oye argumentar en las intervenciones de los políticos canarios, sobre todo cuando están en la oposición, que el Gobierno apuesta por tal o cual sector como alternativa al desarrollo económico basado en el “monocultivo” turístico. Nunca dicen, por ejemplo, el “monocomercio”. Tal vez sea por la atávica raiz agrícola del alma canaria, que a pesar de ser isleña, sele dar la espalda al mar, como Pérez Galdós en sus estatuas. Pero una vez más, sería bueno que se explicaran un poco mejor lo que unos y otros entienden por buscar una alternativa para el turismo en Canarias. Dicho de otra forma, ¿qué significa y qué implica realmente esa, según ellos, deseable nueva opción?
Los tertulianos independientes y los
políticos en la oposición, los que cobran o aspiran a cobrar del tesoro
público, suelen manifestar una visión más etérea, visionaria o basada en
aspiraciones y buenos deseos, más que en
análisis de realidades y posibilidades pausibles. A mi entender, el término desarrollo
alternativo debería desterrarse casi siempre de esos análisis ligeros y ser
sustituído por el de potenciar actividades complementarias.
Una alternativa supone la opción excluyente
entre dos o más cosas, bien preexistentes o de nueva creación. Actuar de forma complementaria sirve para
completar o perfeccionar algo que ya funciona, renovándolo, ampliándolo. Cuesta trabajo creer que nadie en Canarias,
con algo de sentido común y visión de la realidad globalizada, pretenda buscar
una alternativa que sustituya el turismo por otra cosa. Eso lo predican algunos antisistemas
utópicos, un segmento muy politizado de
la sociedad, que busca encontrar su propia identidad canaria volviendo a una
agricultura, o a una imposible industria, con tintes autóctonos y autárquicos.
Los políticos con cargo y sueldo
públicos, a veces también los aspirantes a tenerlos de las nuevas generaciones
formándose en los prejuicios y eslóganes elaborados por los aparatos de sus
partidos más que en principios y análisis ideológicos serios, suelen hablar de
cambio de modelo. Los más elocuentes
cachorros, de nuevos “paradigmas”.
Leyendo los gruesos volúmenes
recopilatorios de leyes, reglamentos, decretos y órdenes dictadas, nunca mejor
dicho el término, por las distintas administraciones que pesan sobre las
espaldas de los canarios, salta a la vista el afan de control político de
cualquier actividad que pudiera desarrollar la sociedad civil libre. Aspiran a que nada se mueva sin su aprobación
previa. Los políticos quieren ser el
aderezo de todas las salsas cuando no la costosísima especia imprescindible
para el guiso. Esperan diseñar su propio
modelo de desarrollo y parasitarse en él, coartando la libertad, imponiendo
barreras administrativas que a veces sólo pueden superarse en tiempo y forma
cuando alguien amigo mueve los papeles o el emprendedor, como vergonzántemente
se llama ahora a lo que siempre fue un empresario, decide arriesgarse a la
sanción o permanecer quieto parado hasta que la larga cadena de sellos
oficiales se haya completado.
En un mundo libre, los modelos se van
creando por el juego del mercado, la oferta y la demanda, no a golpe de BOCA y
de caprichosas subvenciones. Eso sólo
sucede en las economías planificadas centralmente, que han resultado un gran
fracaso, no por negado menos real ni liberticida: URSS, Alemania Democrática, Corea del Norte,
Cuba o, cada día más, Venezuela. También
en ese camino hacia el abismo parece transitar Canarias.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.








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