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Los ladridos de Faycán

Sábado, 01 de Febrero de 2014 Tiempo de lectura:

Es un relato maravilloso y apto para todas las edades.

[Img #19135]Sin lugar a dudas, el libro o el cuento “Faycán (Memorias de un perro vagabundo)”, escrito por Víctor Doreste Grande en el año 1944, es un relato maravilloso y apto para todas las edades.  Un ejemplar de este libro no debiera faltar en cualquier casa donde viva un canario en general y un grancanario en particular, que quiera conocer el ambiente que se respiraba en Las Palmas de Gran Canaria por aquellos años.  En especial como era el entorno del Barranco Guiniguada, los puentes de Piedra y de Palo, la calle de la Pelota o el Mercado de Vegueta, cuando aún estaban allí la antigua pescadería y el matadero.

Para los más jóvenes lectores que aún no lo conozcan, el cuento relata las aventuras y desventuras de un grupo de perros vagabundos que mientras se buscan la vida día a día, filosofan sobre cosas sustanciales de la existencia.  Se debaten entre sobrevivir en libertad, con sus incertidumbres y peligros, o vivir protegidos por un humano que les suministre seguridad, cobijo y alimento a cambio de estar a expensas de los deseos del amo.

Al menos la segunda edición de este libro, del año 1968, está ilustrada por los grandes artistas que fueron Rafaely, Juan Ismael, Peregrín, Felo Monzón, Betancort y Cirilo Suárez, en homenaje a su autor.  Desde que leí por primera vez este libro, hace tantos años que se pierden en la desmemoria, he echado de menos una versión para el público infantil de 10 o más años, que se inicia en la lectura pero que aún no está interesado en libros con pocas ilustraciones.  Sentí esa necesidad cuando les ofrecía este gran libro a mis hijos, siendo ellos  pequeños y ahora a mis nietos, para que lo leyeran o se lo leyeran sus padres, como si de un testamento vital se tratara.  Porque es eso lo que hace el perro canario Faycán, contar su historia a los amigos poco antes de morir y pasar para siempre a la leyenda.

No tuve el placer de conocer a fondo a Víctor Doreste, aunque sí que tuve el honor de compartir una experiencia inolvidable que aún llevo marcada en el alma como un recuerdo imborrable.  Fue un día de Reyes en la Plaza de Santa Ana, allá por el año sesenta y pico ¡del siglo pasado!  Los Magos de Oriente me habían dejado una hermosa guitarra y, con el resto de los galletones que éramos entonces, nos reunimos para enseñarnos nuestros regalos.  En esto apareció por allí Víctor Doreste y se sentó junto a nosotros.  En un momento dado, me pidió prestada la guitarra.  Recuerdo mi sobresalto, porque yo no conocía a aquella persona mayor que me pedía tal cosa.  Algo me impulsó a confiar en él y se la dejé.  

Entonces empezó a desgranar una historia de la forma en que sólo un poeta es capaz de hacerlo.  Todos callamos y nos arremolinamos junto a él, mientras escuchábamos su voz entre sorprendidos y admirados. Habló de un hombre que, por aquellas cosas de la vida, había pasado muchos años en la cárcel y al salir se reencontró con la mujer de la que había sido novio en su ya lejana y perdida juventud.  Con el paso de los años ella se había casado con otro hombre, aunque en el fondo de sus corazones aún quedaba un rescoldo de lo que en otro tiempo fue gigantesca hoguera sanjuanera.  

Esa era, nos dijo el poeta, la historia que inspiró la canción ahora nos cantaría a su estilo, cambiando algo la letra con que la interpretaba Pedro Infante:  “Adiós Mariquita linda”… ya me voy para tierras muy lejanas para nunca más volver, adiós vida de mi vida, la causa de mis dolores, el amor de mis amores, el perfume de mis flores, para siempre dejare.  Me voy porque ya tú no me quieres como yo te quiero a ti…  De tanto en cuanto Víctor Doreste paraba de cantar o de recitar para explicarnos, con voz profunda y emocionada, que no había rencor ni reproche hacia su amada en aquel hombre que tan mal había tratado el destino, tan sólo quedaba amargura, inmensa pena y resignación ante lo inevitable.

Por eso, cada vez que paso frente a los perros de la Plaza de Santa Ana, me vienen a la memoria aquellos momentos emotivos.  Rememoro con respeto y admiración la sabiduría de Aterura, Mogano, Doramas, Tindaya, Bentayga, Tenoya, Tirajano y Faycán, que son los nombres con los que Víctor Doreste Grande bautizó a esos animales, que ya no huelen a perro, aunque bien que lo son pues “vivirán en bronce, hasta que el sol se apague y la luna deje de platear el lomo de los gatos”.

A modo de entradilla o exordio, el autor nos ofrece en el cuento una interesante y oportuna reflexión que no tiene desperdicio:

“Este libro no tiene prólogo, pero sí umbral.  El prólogo verdadero seria aquel que se escribiera sin conocer el libro.  Si al leer una novela se nos ocurren ciertos juicios, ¿por qué adelantarlos? ¿Constituyen acaso un prólogo o son en realidad un epílogo?  No pongamos la veleta en el sótano.  Lo ideal sería que el prólogo lo hiciera nuestro mejor enemigo.  Pero el mío escribe muy mal.  Por el contrario, mis amigos escriben tan bien que harían desmerecer mi prosa.  Y esta es la razón de que este libro nazca desamparado, sin trompetas ni amicales clarinadas, sin padrinazgo bautismal, enteco y ladrado, como la luna”.

La Librería del Cabildo, en la calle Cano de Las Palmas de Gran Canaria, rinde homenaje a este gran autor nacido en Gran Canaria que fue Víctor Doreste Grande y a esta obra suya, “Faycán (Memorias de un perro vagabundo)”, con un bello escaparate diseñado por Cristian Jorge Millares.  A la misma vez, en el otro escaparate a la vuelta de la esquina, el poeta Domingo Rivero mira con curiosidad a quien lo mira.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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