De las necesidades a los derechos
Contra la evidencia de que hay necesidades básicas que hay que cubrir, ineludiblemente, para poder considerar que existen condiciones de vida humanitariamente dignas, desde las Universidades y los medios de comunicación de masas...
Nuestro mundo, en lo que atañe a la erradicación de
las condiciones de vida miserables, continua siendo profundamente insolidario.
Aunque los recursos y medios de mejoramiento generalizado son más que
suficientes, múltiples poblaciones, infinidad de personas, malviven
constreñidas por las lacras de la indefensión y la pobreza.
La versión de esta tragedia humanitaria en el
llamado primer mundo resulta especialmente escandalosa: mientras las élites de
poder continúan aumentando desaforadamente sus posesiones, viviendo en el más
obsceno despilfarro, y entre una opulencia de productos y servicios que no deja
de crecer, cada vez más gente lo pierde
todo –trabajo, dinero y hogar- y se queda, literalmente, con lo puesto y
excluida.
Y ello, a pesar y despecho de la Declaración de los
Derechos Humanos, que debería ser el aliento del concierto de las naciones en torno
a la ONU, de las Constituciones Democráticas y los Estados Sociales, que, aún,
estipulan las condiciones de sentido y legitimidad de los países occidentales ¿Cómo
es posible que hasta en el “primer mundo” la desorbitada riqueza medre en un
ambiente de desposesión y empobrecimiento, sin mayores alarmas sociales?
Desde el punto de vista político-económico, la
ideología neoliberal y el sistema capitalista –las dos caras del reaccionarismo
antidemocrático imperante- llevan décadas promocionando, frente al respeto de
las dignidades sociales y su salvaguarda responsable, las posiciones
intelectuales más relativistas y las actitudes sociales más egoístas.
Contra la evidencia de que hay necesidades básicas que
hay que cubrir, ineludiblemente, para
poder considerar que existen condiciones de vida humanitariamente dignas, desde
las Universidades y los medios de comunicación de masas, se ha defendido una
interesada equiparación entre las necesidades primordiales y los meros deseos o
aspiraciones.
Así, las necesidades humanas fundamentales -a la subsistencia,
la protección, el afecto, el entendimiento, la participación, el ocio, la creación,
la identidad y la libertad- no serían sino que un conjunto de deseos que los
individuos apetecen, aspiraciones puramente psicológicas, que, por ello, pueden
crecer indefinidamente o modificarse, tanto en calidad como en cantidad. Y
siendo un asunto de subjetividades y de gustos, serían la capacidad de
adquisición y el mercado, los medios por los que se obtendría su consecución.
Nada que ver con el bien común o el interés general.
Nada de responsabilidades públicas e institucionales: pura oferta y demanda
entre particulares que son quienes, racional y soberanamente, establecen lo que
más les conviene a sus intereses. Este es, ni más ni menos, el criterio básico de
la predominante Teoría neoclásica de la demanda y del equilibrio del consumo.
No obstante estas manipulaciones, lo que es de
auténtica sensibilidad humanitaria, es la constatación de que la naturaleza
humana tiene una existencia real y común y que hay que aspirar, como objetivo
primordial comunitario, a la satisfacción de las necesidades de dignidad que
requiere. Tal como lo expresa el economista Álvarez Cantalapiedra: “El léxico
de los derechos humanos se construye sobre la gramática de las necesidades y su óptima satisfacción es
tarea que incumbe a toda la sociedad a través de sus instituciones.”.
Xavier
Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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