En estos días esta de moda el hablar sobre los cargos de confianza nombrados por el nuevo grupo de gobierno en San Bartolomé de Tirajana, unos a favor y otros en contra. Lo primero que nos gustaría recordar a todo el mundo es que estas plazas no son de nueva creación y los últimos gobiernos que hemos tenido, todos, han hecho uso de las facultades que les otorga la ley para nombrar a las personas que ellos creen mas idóneas.
Dicho esto, no podemos ocultar tampoco el abuso de poder y el pago de favores políticos que en muchas ocasiones esconden estos nombramientos rayando incluso a veces con un nepotismo encubierto. Sobre los cargos de confianza voy a intentar hacer una pequeña reflexión retrocediendo en el tiempo y subiendo un poco de nivel administrativo para recordar casos que no por distantes en el tiempo han dejado de ser escandalosos.
De infausta memoria fueron el “cuñadísimo” Serrano Suñer con Franco, el “hemanísimo” Juan Guerra con los socialistas, o la “esposísima” con el Aznar. La sangre tira mucho y la solidaridad por el parentesco, de la que tanto hablan los psicólogos evolucionistas y los etólogos, se erige en criterio orientador de sofisticadas prácticas políticas. Tanto amor familiar debe conmovernos a todos y persuadirnos definitivamente de que nuestros destinos están en buenas manos.
Tríbus familiares, bandas políticas, se lanzan al asalto del poder y en él se perpetúan. Nada malo ven en ello, ni siquiera la vieja admonición de Julio César: la mujer del César no sólo tiene que ser buena, tiene también que aparentarlo. Empiezan dando por bueno la proliferación de cargos de confianza, perfecta excusa para ubicar a quien uno quiere y punto. Más adelante apuestan por los compadres de la agrupación política, por aquello de que serán una garantía de que se aplica el programa. El final es algo más cutre: se recurre a los familiares y amigos. Y todo esto no en empresas privadas, sino en la administración pública, con dinero de todos que al servicio de todos debiera estar.
Desde luego, no dan más de sí. Lo peor que nos puede pasar es que la ciudadanía termine perdiendo la capacidad de apreciar la profunda inmoralidad que hay en todo esto.








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