Injusticia y estrés
Solo aparentemente los estados depresivos son contrarios a los ansiosos. Bien es cierto que la ansiedad se vincula a estados de alerta continuados y generalizados en exceso y que la depresión se asocia a la pura apatía.
Como en el resto de las patologías, en las dolencias
psicológicas la predisposición orgánica puede ser determinante para enfermarse,
según sea de vulnerable a los entornos estresantes y de capaz de recuperar el
equilibrio tras episodios de inquietud. Así mismo, la convivencia continuada en
ambientes de “lucha y fuga” insalubres, aumenta las probabilidades de que se mermen
los ánimos y se padezcan síndromes asociados al estrés.
A nivel somático, es la región del cerebro
relacionada con las emociones, el sistema límbico, la más afectada por estos padecimientos,
en particular, la amígdala cerebral, el “sensor de amenazas”, una estructura
que interviene en la percepción de los estímulos que suscitan agresividad y
miedo. La amígdala interactúa con la capa superior del cerebro, donde se
realizan tanto los procesamientos de información sensorial (como es el
reconocimiento de un rostro con expresión amenazante) como el análisis de
abstracciones (de, por ejemplo, un discurso donde se describa como inevitable
la destrucción de multitud de empleos). Este orgánulo también se relaciona con
partes del cerebro medio y el tallo cerebral, que actúan autónomamente con
respecto a la conciencia, provocando sensaciones y respuestas subliminares e
irracionales.
Estas peculiaridades del sistema nervioso humano y
de su órgano neurológico explican el por qué de que, en múltiples ocasiones,
nuestras pasiones nos dominen o nuestras creencias nos enfermen. También
permiten comprender la íntima relación entre la ansiedad y la depresión. Solo
aparentemente los estados depresivos son contrarios a los ansiosos. Bien es
cierto que la ansiedad se vincula a estados de alerta continuados y
generalizados en exceso y que la depresión se asocia a la pura apatía. Sin
embargo, la desolación depresiva es también muy activa, tanto que ha llegado a
definirse como un estado de “agresión vuelta hacia dentro”. Muy a menudo,
cuando el estrés al que nos somete nuestro entorno social se vuelve más
crónico, la ansiedad conduce a la depresión.
La medicalización de los sinsabores de una vida
cotidiana sometida a precariedades arbitrarias, donde muchos se ven
constreñidos a estados de alerta constante o de desamparo continuado para
beneficio de minorías insolidarias y tiránicas, resulta de una injusticia mayor,
pues las necesidades para tener una vida en dignidad y salud, los derechos que
las permiten cubrir, no se compensan con sedantes y estimulantes.
Aún con los efectos adictivos y consecuencias
tóxicas que acarrea el uso de ansiolíticos y antidepresivos, el aumento de su
consumo se ha disparado en los últimos años en toda Europa. En España, donde este
tipo de tratamientos se prescriben ya en los centros de salud de atención
primaria, se ha doblado en diez años. En 2012, y solo en lo que se refiere a
antidepresivos, las farmacias dispensaron mucho más de treinta y ocho millones
de envases de estos medicamentos. Todo ello, aunque su efectividad para remediar
las depresiones leves y moderadas esté científicamente más que cuestionada.
Como si tal cosa, el sufrimiento por causa social se
trata con medios reservados a padecimientos de origen endógeno. Y aunque se nos
advierte en contra de las adicciones a las drogas y se nos castiga por su uso,
cuando se prescriben por un sanitario, estar colocado se convierte en algo
“saludable”. En una última pirueta de las cúpulas del poder para mantenernos
parasitados y sumisos, se han decretado patológicas las emociones sociales
normales de indignación y abatimiento. En estas circunstancias, mantenerse
despierto y sobrio resulta hasta emancipatorio. Desentumezcamos, pues, nuestras
inteligencias y sensibilidades. Por salud, por justicia.
Xavier
Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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