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Los vanidosos

SEGISMUNDO URIARTE DOMÍNGUEZ Martes, 22 de Octubre de 2013 Tiempo de lectura:

Hay muchos que piensan que todo lo mueve el dinero, que tras cualquier aparente intención altruista hay también un interés económico.

A la vanidad se la define como la creencia excesiva en las habilidades propias o la atracción causada hacia los demás.


Hay muchos que piensan que todo lo mueve el dinero, que tras cualquier aparente intención altruista hay también un interés económico. Sin embargo, pueden existir otras motivaciones. Una de ellas es la vanidad. Un motivo que, al no tener buena prensa, se tiende a disfrazarlo con otras finalidades: altruismo, servicio, aprendizaje, expectativa indirecta de beneficios, etc.


Internet es un claro ejemplo del ejercicio de la vanidad: páginas personales, contribuciones voluntarias, software gratuito, intercambio, blogs, redes sociales y un largo etcétera no pueden explicarse por un puro interés económico. La vanidad forma parte de un mecanismo íntimo y universal del ser humano. Maslow, en su famosa teoría de las necesidades, las jerarquizaba en una pirámide donde, tras la satisfacción de las necesidades fisiológicas, de salud y seguridad, situaba las necesidades de pertenencia, de estima y reputación y, finalmente, de autorrealización. La vanidad tiene que ver con los tres últimos niveles.


Hay una vanidad de ostentación hacia los demás, pero también hay una vanidad de ostentación hacia uno mismo. La cuestión es qué estamos dispuestos a hacer  para aumentar la propia vanidad. La vanidad es una religión con muchos fieles. Los hay de distintas edades, razas y condiciones sociales, pero tienen una característica común: todos llevan máscara. Sacrifican sus verdaderos rostros en aras de la apariencia para conseguir la admiración, valoración y respeto de su entorno.


Los vanidosos apuestan por el culto a la imagen como camino hacia el éxito y la felicidad. De ahí que necesiten alardear de sus cualidades y presumir de sus triunfos. Sin embargo, quienes viven demasiado pendientes de dejar claro el propio mérito en todo lo que hacen suelen pagar un precio muy alto. Se convierten en esclavos de su propio disfraz.


La vanidad es adicta a la mentira y manipuladora por naturaleza y aísla de la realidad, convirtiendo a los vanidosos en rehenes de la imagen que quieren dar a los demás, llevando a ocultar sus carencias y necesidades, con lo que se condena a vivir una vida falsa, coreografiada, de cara a la galería. Pero encerrar bajo llave las inseguridades y las vulnerabilidades no las hace desaparecer.


El hecho de no aceptar nuestros defectos y debilidades nos lleva a negar una parte de nosotros mismos, y eso termina pasando factura. El culto a la apariencia crea personajes, no construye seres humanos. Y los personajes tienden a vivir pendientes de lo accesorio y olvidar lo esencial. Por eso, la vanidad crece al son de los halagos, que generan una satisfacción inmediata pero muy efímera. Busca su alimento en los aplausos ajenos.


Las personas vanidosas se contentan con el respeto de los demás, olvidando el respeto que se deben a sí mismas. Se convierten en seres dependientes de una máscara ficticia, que les impide ser aceptados y valorados por lo que realmente son, conduciendo a  una perenne sensación de malestar, entrando así en un permanente círculo vicioso. Lo cierto es que no lograremos un bienestar genuino y sostenible hasta que nos atrevamos a conectar con nuestra autenticidad, aceptando nuestras luces y también nuestras sombras.


Desprenderse de la máscara de la vanidad requiere un compromiso a largo plazo. El secreto radica en aprender a conocernos, comprendernos y aceptarnos tal como somos. La vanidad hay que dejarla exclusivamente a los que no tienen otra cosa que exhibir.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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