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XAVIER APARICI GISBERT

La comunicación en un mundo no violentado (II)

XAVIER APARICI GISBERT Sábado, 28 de Septiembre de 2013 Tiempo de lectura:

La veracidad y el respeto son, sin duda, los requisitos de una comunicación eficiente y considerada

(Según la obra “Comunicación no violenta. Un lenguaje de vida.” de Marshall B. Rosenberg.)

La veracidad y el respeto son, sin duda, los requisitos de una comunicación eficiente y considerada. Pues, si lo que se comunica no parte del compromiso de no faltar a la realidad de los asuntos que se expresan, entonces, lo que se transmite se reduce a meras declaraciones sin fundamento, a arteras manipulaciones de la credulidad de los receptores. Y si siendo cierto lo que se comunica, se hace ocultando los matices de lo que se asevera y los límites de su relevancia o las controversias que lo expresado suscita, tampoco lo dicho contribuye a una auténtica ilustración de la audiencia. Ya que, cuando lo que debería ser objeto de la evaluación y crítica de nuestros raciocinios se dirige a nuestras emotividades más básicas, las capacidades del oyente son anestesiadas. Muy a menudo, con vistas a su adoctrinamiento o seducción.

Hay múltiples formas de engañarnos y fuertes intereses para que no salgamos de la ignorancia. Tal como lo expresa Marshall B. Rosenberg: “La comunicación que nos aliena de la vida surge de las sociedades jerárquicas o de dominación y la sustenta.”. Los más rastreros tópicos culturales de nuestras comunidades, sus prejuicios sociales más contraproducentes, se perpetuán por la decidida manipulación a la que les someten los órdenes políticos de explotación. Uno de los efectos más perjudiciales de esta violación sistemática de nuestras naturales tendencias solidarias, es la intoxicación emocional: en las sociedades tiránicas se vive atenazados por la indefensión y constreñidos por los sentimientos de ira y de culpa.

Así, en el plano psicosocial, el enfado y la depresión nos anegan. Debido a la ira, que surge cuando culpamos a otras personas por sus equivocaciones o por sus acciones, haciéndolas merecedoras de castigo. Y a la culpa, que es la asunción de esas actitudes desde la perspectiva victimaria del reo. De este modo, las relaciones iracundas y depresivas lastran nuestras vidas con las cargas de la incomprensión y el daño. Por supuesto, que permanezcamos, interpersonal y socialmente, enzarzados en el cultivo de los mínimos agravios y distinciones –el “narcisismo de la pequeña diferencia”, que definió Freud- en vez de tomar conciencia de nuestra amplia comunidad en dignidades e intereses, es una clara cuestión política. No basta con soluciones adaptativas, limitadas a cambios en nuestras actitudes, para liberarnos del yugo estructural de la hostilidad y el desprecio.

Aún así, para la emancipación del dominio que padecemos, percibir nuestros propios sentimientos y necesidades y percibir los de los otros, son condiciones necesarias para el mutuo reconocimiento y liberación. Pues “Todas las formas de violencia tienen su origen en personas que se engañan a sí mismas y piensan que su dolor es provocado por otras personas que, por consiguiente, merecen ser castigadas.”. Y “(…) cada vez que satisfacemos nuestras necesidades valiéndonos de este procedimiento no sólo salimos perdiendo sino que además, contribuimos notablemente a la violencia que impera”.

Por tanto, discernir, a través del análisis y la puesta en común, entre los estímulos y las causas de nuestros estados emocionales; reconocer que en el núcleo de toda ira existe una necesidad insatisfecha y que la culpa mana del autodesprecio; perseverar, empáticamente, en la conexión con nuestras propias necesidades o con las de los demás, son, también, los elementos de una revolución integral, personal y social, que ya alborea. Sin acritud.


Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.

http://bienvenidosapantopia.blogspot.com

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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