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Cambio radical en el sistema político (y 4)

JOSÉ F. FERNÁNDEZ BELDA Lunes, 26 de Agosto de 2013 Tiempo de lectura:

El problema del sistema electoral actual, basado en la prevalencia de los partidos sobre las personas, es que los ciudadanos no pueden elegir libremente a quienes desearían que les representaran

En los comentarios anteriores, pensando en la posibilidad de reformar el sistema electoral español y en particular el canario, se han expuesto someramente dos alternativas de entre las muchas planteables.  Una fue establecer la doble vuelta, cuando ningún partido obtiene la mayoría absoluta y es necesario pactar con otras fuerzas políticas.  La otra opción era que el voto de los diputados fuera proporcional, con alguna fórmula adecuada, a los votos que tuvieran y no que todos fueran iguales, confundiendo tener voz con el valor del voto.


Pero en realidad sólo son simples parches a un sistema que no puede funcionar correcta ni democráticamente cuando está secuestrado por unas partitocracias que se reparten el poder según cuotas, pactadas entre ellos, para seguir manteniendo el sueldo público de sus élites.  Por cierto, gentes que no suelen ocupar cargos por el principio de mérito y capacidad, sino por el más innoble de poseer carnet de partido y de afinidad con el que confecciona las listas.


El problema del sistema electoral actual, basado en la prevalencia de los partidos sobre las personas, es que los ciudadanos no pueden elegir libremente a quienes desearían que les representaran.  Sólo pueden votar a quienes figuren en unas listas, abiertas o cerradas, que los partidos han tenido a bien proponer.  Si una persona cualquiera puede elegir libremente su lechero, panadero o librero ¿por qué no puede elegir también directamente a la persona que espera que lo represente en cada escalón de la administración política?


Algunos ven la solución a este problema hablando de listas abiertas.  En mi opinión, no deben haber listas, ni abiertas ni cerradas, sino candidatos que se presenten al escrutinio popular, amparados o no por unas siglas, sin que el hecho de no militar en un partido o agrupación de electores sea un factor excluyente para ser elegible.  Expresado de otra forma, si cualquier ciudadano no limitado expresamente por la ley puede ser elector, al margen de la más pura y totalitaria arbitrariedad, ¿qué razón democrática puede hacer que no sea candidato elegible?


Pero a estas alturas de este cansino debate, tan inútil como descorazonador, es evidente que los partidos políticos en general no están dispuestos a perder su privilegiada posición, más holgada y acomodaticia si están en el poder, pero razonablemente bien remunerada y cómoda si quedan en la oposición.  Para impulsar el cambio real les faltan a los políticos faltan los dos principios básicos que incentivan a las personas: el afán de ganar y el miedo a perder.   Algo de afán de ganar, tal vez por notoriedad o sentirse poderosos al poder repartir cargos y subvenciones, pero poco miedo a perder, pues saben perfectamente que siempre serán recolocados en algún puesto público existente o creado exprofeso para la ocasión. Para la casta política es un juego de suma cero, como dicen los econometristas, aunque les cueste muchas horas de trabajo y mucho esfuerzo a los contribuyentes, llamados con gran aparato propagandístico a revalidar un sistema, a mi entender perverso, cada cuatro años.


Si alguno aún duda de la nula voluntad de cambio, basta ver la agria respuesta que recibió Jerónimo Saavedra, en su calidad de Diputado del Común, órgano por cierto bien prescindible, cuando hace poco preguntaba al Parlamento de Canarias por el estado de la propuesta presentada por la plataforma civil Demócratas para el Cambio y Antonio Castro le recordó que esa cuestión no le compete.  Sólo le faltó añadir que fuera, dada su afición artística, con la música a otra parte que allí ya tienen su propia partitura y sus compositores.

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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