No regresar al crecimiento
Tras triunfar mundialmente, el sueño dorado de la democracia elitista hermanada al capitalismo popular se ha tornado una completa pesadilla
En menos de una década el sistema neoliberal ha pasado de la hegemonía global a la completa obsolescencia; de pretenderse, hasta ayer mismo, la panacea civilizatoria a resultar ser la causa de todos los males. Tras triunfar mundialmente, el sueño dorado de la democracia elitista hermanada al capitalismo popular se ha tornado una completa pesadilla. Este es un diseño civilizatorio que muere de éxito, pues desde su incontestada prevalencia general ha demostrado que solo sirve para fracturar a las sociedades, para encumbrar a exiguas minorías, extendiendo la miseria en el conjunto social.
Con el colapso del “Casino Financiero” en 2008, el Neoliberalismo ha demostrado ser, política, económica y ecológicamente, un completo fracaso. Pero, como es el modelo que sirve a las actuales élites de poder, sigue promocionándose e imponiéndose, en contra del mínimo interés común. Por ello, tras el crack global, en vez de sanear el desquiciado sistema económico, se procedió, gracias a la connivencia general de los Parlamentos, al desmantelamiento de la seguridad jurídica y de las garantías sociales institucionales. Y para facilitar la “socialización” de las pérdidas de las finanzas especulativas, sin muchos desórdenes, se indujo una profunda depresión a las economías de los países más “desarrollados”.
Ahora, tras un quinquenio de desamparo y empobrecimiento masivos, desde las mismas instancias que promovieron el desastre se nos promociona la vuelta al crecimiento. Tras la austeridad hasta la extenuación, solo para los desposeídos, se nos anima –sin ajustar las cuentas, sin aprender la lección- a regresar a la vía del crecimiento. Craso error.
Pues el crecimiento, tal como lo concibe la ortodoxia económica actual, es un mero vehículo para el único fin que reivindica, el lucro privado: el enriquecimiento material, particular y sin responsabilidades ni sociales, ni ambientales. Por ello -no importa de qué, no importa cómo-, a más transacciones, mejor. Los bienes humanitarios básicos, como interactuar con nuestros entornos de manera saludable y sustentable, tener vidas dignas y empleos decentes, no son más que efectos, tal vez deseables, pero en ningún caso obligatorios. La plaga sanitaria de nuestro tiempo, el cáncer, también se basa en el crecimiento de células –sin necesidad ni función orgánica- hasta colapsar la viabilidad del conjunto. El planeta Tierra, como nuestros cuerpos, es finito, por lo que no se puede crecer infinitamente, si no es a costa de males mayores.
En las circunstancias generales actuales, de explosión demográfica y de restricción ecológica, el “regreso” al crecimiento, será contrario al “progreso” que ansiamos. Un antivalor, que amenaza con exacerbar las contradicciones que arrastramos y los riesgos que nos amenazan. Frente a la sobreabundancia caprichosa, lo que precisamos es erradicar las carencias básicas; ante el acaparamiento de los recursos, lo que necesitamos es su redistribución; en vez de primar el comercio internacional ajeno a condiciones sociales y ambientales, es la suficiencia económica local, basada en la reciprocidad social y respetuosa con la naturaleza, lo que nos urge; lejos de ahondar en la competitividad, el expolio y la contaminación, es por la vía de la solidaridad y el “decrecimiento” que prevaleceremos.
Con todo, cuando un asunto tan fundamental como la subsistencia material del conjunto de la población en condiciones suficientes, apropiadas y sostenibles, se subordina al burdo enriquecimiento de unos pocos, es el momento de cambiar de modelo. Pues eso.
Con el colapso del “Casino Financiero” en 2008, el Neoliberalismo ha demostrado ser, política, económica y ecológicamente, un completo fracaso. Pero, como es el modelo que sirve a las actuales élites de poder, sigue promocionándose e imponiéndose, en contra del mínimo interés común. Por ello, tras el crack global, en vez de sanear el desquiciado sistema económico, se procedió, gracias a la connivencia general de los Parlamentos, al desmantelamiento de la seguridad jurídica y de las garantías sociales institucionales. Y para facilitar la “socialización” de las pérdidas de las finanzas especulativas, sin muchos desórdenes, se indujo una profunda depresión a las economías de los países más “desarrollados”.
Ahora, tras un quinquenio de desamparo y empobrecimiento masivos, desde las mismas instancias que promovieron el desastre se nos promociona la vuelta al crecimiento. Tras la austeridad hasta la extenuación, solo para los desposeídos, se nos anima –sin ajustar las cuentas, sin aprender la lección- a regresar a la vía del crecimiento. Craso error.
Pues el crecimiento, tal como lo concibe la ortodoxia económica actual, es un mero vehículo para el único fin que reivindica, el lucro privado: el enriquecimiento material, particular y sin responsabilidades ni sociales, ni ambientales. Por ello -no importa de qué, no importa cómo-, a más transacciones, mejor. Los bienes humanitarios básicos, como interactuar con nuestros entornos de manera saludable y sustentable, tener vidas dignas y empleos decentes, no son más que efectos, tal vez deseables, pero en ningún caso obligatorios. La plaga sanitaria de nuestro tiempo, el cáncer, también se basa en el crecimiento de células –sin necesidad ni función orgánica- hasta colapsar la viabilidad del conjunto. El planeta Tierra, como nuestros cuerpos, es finito, por lo que no se puede crecer infinitamente, si no es a costa de males mayores.
En las circunstancias generales actuales, de explosión demográfica y de restricción ecológica, el “regreso” al crecimiento, será contrario al “progreso” que ansiamos. Un antivalor, que amenaza con exacerbar las contradicciones que arrastramos y los riesgos que nos amenazan. Frente a la sobreabundancia caprichosa, lo que precisamos es erradicar las carencias básicas; ante el acaparamiento de los recursos, lo que necesitamos es su redistribución; en vez de primar el comercio internacional ajeno a condiciones sociales y ambientales, es la suficiencia económica local, basada en la reciprocidad social y respetuosa con la naturaleza, lo que nos urge; lejos de ahondar en la competitividad, el expolio y la contaminación, es por la vía de la solidaridad y el “decrecimiento” que prevaleceremos.
Con todo, cuando un asunto tan fundamental como la subsistencia material del conjunto de la población en condiciones suficientes, apropiadas y sostenibles, se subordina al burdo enriquecimiento de unos pocos, es el momento de cambiar de modelo. Pues eso.
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









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