Las recetas anticrisis del sistema
Hoy, para la gran mayoría en este país, en la mesa del restaurante del poder, o no se come, o hay que pagar la comida con sangre.
En el conjunto de los países occidentales, hasta ayer mismo democráticamente avanzados y económicamente pujantes, la indefensión y el empobrecimiento arrecian: sus ciudadanías asisten al desmantelamiento de los sistemas institucionales de protección social y al hundimiento de las actividades económicas entre un desconcierto mayor y una desesperación creciente, ocasionados por la actitud irresponsable ante los problemas de sus élites de poder y por la persistente inoperancia de las decisiones de ajuste aplicadas en los últimos años.
Este círculo vicioso de desprotección política y depresión económica para la gran mayoría, es el resultado de la hegemonía neoliberal, de la imposición internacional de su ideología antidemocrática y de los objetivos económicos que la alientan. El éxito del neoliberalismo ha provocado que los más poderosos gocen de los mayores privilegios e impunidad y que los más ricos aumenten sus patrimonios e influencias como nunca antes. Todo ello, a despecho del respeto a las dignidades democráticas y a las necesidades y derechos económicos generales.
Los grandes medios de formación de la opinión pública globalizada, de forma nada inocente, para denominar este descalabro mayor -para casi todo el mundo- han acuñado el ambiguo término de “crisis”. Y también, han convenido en llamar “recetas”, tanto a las directrices que lo alimentan, como a las políticas que pretenden aminorarlo. Así, dentro del sistema imperante, las recetas estrella del “menú anti crisis” son la austeridad y el crecimiento.
La línea más retrógrada de la ortodoxia neoliberal, la que defienden en Europa los partidos “populares” y en Estados Unidos, los llamados republicanos, persevera en la austeridad, en polarizar social y económicamente a la población, colapsando el desarrollo económico y desmantelando los servicios asistenciales públicos. Esto es lo que se conoce como el “austericidio”: eliminar –y no solo en sentido metafórico- al mayor número de gente, limitando al máximo la financiación privada y la inversión productiva, aumentando especulativamente las deudas públicas “soberanas”, e imponiendo una desaforada disciplina presupuestaria a los gobiernos.
La cara amable neoliberal, la que representan, a este lado del Atlántico, los partidos “socialistas” y al otro lado, los “demócratas”, recomiendan el crecimiento. Pero no un remoce del New Deal, nada de un Plan Marshall actualizado o una vuelta a los diseños de las boyantes economías mixtas del bienestar de mediados del siglo XX. Solo más facilidades y aportes para el sector privado, a los poderes fácticos. Pues hace tiempo ya de que, gracias a la entusiástica actividad parlamentaria y a la aplicada gestión gubernamental del bipartidismo político, se cumplió, dentro de los países, la fase de desposeer a los Estados de sus recursos económicos y de sus herramientas de intervención directa.
En la actualidad, lo que prima es la globalización del capitalismo más irrestricto, coordinado por acuerdos, organizaciones y empresas multinacionales y legalizado en todos los órdenes institucionales, donde los intereses generales y el bien común humanitarios, brillan por su ausencia.
Hoy, para la gran mayoría en este país, en la mesa del restaurante del poder, o no se come, o hay que pagar la comida con sangre. Y eso que “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.”, tal como estipula el Artículo 128 (1.) de la Constitución Española vigente desde 1978. No hay duda, los usurpadores “neoliberales” son los auténticos antisistema. Y nos quieren matar de hambre.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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