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XAVIER APARICI GISBERT

Mono-Arquía

XAVIER APARICI GISBERT Jueves, 18 de Abril de 2013 Tiempo de lectura:

Muy a menudo, las palabras están compuestas de varios conceptos

El estudio del origen y significado de las palabras, su etimología, es un modo esclarecedor de acercarse a la comprensión de los infinitos términos con que los humanos nombramos las cosas de nuestro mundo. De este modo, nos encontramos con que, muy a menudo, las palabras están compuestas de varios conceptos y que éstos se han conformado históricamente, que tienen un significado literal complejo y evolutivo que se desentraña al hacerlo explícito. Así, el propio término “etimología” tiene su origen en el idioma latino y quiere decir “origen de una palabra”, significado que, a su vez, el latín tomó del griego, como “sentido verdadero de una palabra”, que se formó uniendo dos voces, étymos y lógos.

Y lo mismo sucede con los términos que empleamos para definir las formas del Estado: el vocablo “monarquía”, tomado del griego, está compuesto por mono y arkhein, “uno manda”; y “república”, del latín, está formado por res y publicus, “cosa oficial, pública”. En tiempos recientes, ha habido pensadores, como Jellinek, que han caracterizado a la república, negativamente, como “no monarquía”, pues la monarquía expresa uno de los polos en el modo de gobernar las sociedades, el gobierno encarnado en una persona física, el monarca. En el otro extremo, el poder se expresa como poliarquía, disperso en una pluralidad.

El monárquico es un modelo que exalta la singularidad personal hasta el extremo de su transmisión sanguínea. Ya hegemónico en las ciudades estado primigenias, en los albores de la historia escrita, se pretendía arropado de naturalezas y derechos divinos, el monarca lo era por su exclusiva condición de Dios encarnado. Ello, unido a la inseparable circunstancia de jefe guerrero, configuró un modo político de dominio paternalista, patriarcal y, a menudo, absoluto hasta nuestros días. No sin notables adaptaciones al cambio histórico: en la Edad Media, el Rey feudal, es el señor de los señores propietarios y soberanos de sus feudos; en el siglo XVIII, la monarquía absolutista, propiciará, muy a su pesar y tras rodar algunas regias cabezas, el surgimiento de los centralizados Estados modernos; en la actualidad, las monarquías constitucionales se fundan en un pacto, supuestamente congruente, entre el monarca y la representación popular.

El criterio básico para diferenciar este actual tipo de monarquía de las repúblicas contemporáneas no está en las atribuciones de gobierno, sino en asociar a la potestad personal vitalicia y a la herencia genética la jefatura institucional superior. Los monárquicos pretenden que el principio hereditario es el que mejor representa, por encima de las pugnas electorales y de los múltiples intereses, la unidad del Estado: ese sería el “oficio del Rey”, al que se preparan, desde que nacen, los sucesivos miembros herederos de la familia real.

En el Estado español, quienes defienden la monarquía, entienden que este antiguo diseño de poder, basado en la sangre, estamental y machista, bueno en su momento para suceder a una dictadura caudillista y, poco después, para reiniciar un régimen democrático, continúa siendo el más adecuado para dar unión e identidad al pueblo soberano y para asegurar el porvenir del país. Una paradójica presunción, a estas alturas de la civilización occidental laica, plural, científica y democrática, que ya solo se sustenta en los imaginarios de los cuentos infantiles y de las revistas del corazón. Aunque, también encuentra claros apoyos en los poderosísimos y muy particulares intereses a los que convienen esas cándidas y simplistas representaciones del poder político para consumo del inculturizado pueblo llano.

Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com

Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.

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