La globalización democrática
Si queremos neutralizar la involución civilizatoria que se pretende, éstos son tiempos de dar testimonio, de pronunciarse, de hablar entre la ciudadanía y de manifestarse
El siglo XX ha sido caracterizado como el siglo del pueblo, pues ha sido, con diferencia, el periodo histórico más “popular”. Durante su transcurso, las condiciones y aspiraciones de la gran mayoría, en la base de la sociedad, cobraron una atención inusitada y una preeminencia inédita: tras dos pavorosas guerras mundiales, y siguiendo una tendencia que se fue incrementado, en muchos países los referentes políticos y las prácticas de gobierno pasaron de ensalzar la tradición y la jerarquía, a reivindicar la modernidad y promocionar la democracia; también, se han ido aprobando, en la mayoría de las naciones, los derechos humanos universales para el conjunto de la ciudadanía, extendiéndose el respeto y el reconocimiento a todo ser humano, al margen de su condición, creencia o género; y aún en medio de la actual crisis del bienestar general, la divulgación cultural y la opinión pública continúan expresándose como si la gente de a pié fuera la protagonista principal del momento histórico.
Pero, más allá de las declaraciones, en los últimos tiempos, las cosas son muy diferentes. Con la hegemonía de la reacción neoliberal -profundamente elitista y antidemocrática-, y la usurpación “desde arriba” que a posibilitado de las instituciones sociales de gobierno, se han llegado a vaciar de contenido las capacidades públicas en lo político y se ha impuesto el regreso de la dualización de las sociedades en lo económico. Y así, la vuelta de “los amos” se pretende, hoy, la cosa más natural: los resultados electorales a los gobiernos del pueblo, según convenga, se apoyan o castigan en las bolsas internacionales, y como hace mucho que los Estados –soberanos, ya solo sobre el papel- han sido desposeídos de la capacidad de autofinanciar sus necesidades internas, las políticas de recuperación languidecen subordinadas a lo que “los mercados” consideren que, para acceder a los costes que conllevan las políticas sociales y económicas, toca pagarles.
En este tiránico orden remozado de liberalidad, la ventaja para los de arriba y la “competitividad” para los de abajo, son las normas. Si los poderosos apetecen de los recursos generales de la nación para su exclusivo incremento, todo aporte es poco. Si los desposeídos quieren asegurarse los medios de vida, hay que cargar con la competencia de los bienes y servicios internacionales, realizados en condiciones esclavistas y sin responsabilidad ecológica. Aun habiendo emergido el sufragio universal y los Estados sociales el pasado siglo, y haber conseguido, con ello, el mayor periodo de prosperidad general de la historia moderna, se pretende volver –esta vez, a nivel planetario- a que los poderosos dominen, sin restricciones, y que, el resto, sin más, luchemos por las migajas.
Si queremos neutralizar la involución civilizatoria que se pretende, éstos son tiempos de dar testimonio, de pronunciarse, de hablar entre la ciudadanía y de manifestarse. Pues la globalización puede llegar a ser, también, el vehículo de la fraternidad universal, de la erradicación del belicismo y las dictaduras, de la emergencia de la democracia y la equidad generalizadas. Pero no, sin antes volver ilegítimos e inviables el autoritarismo político, la rapiña económica y la irresponsabilidad social. No, sin retomar el control de las administraciones estatales y profundizar en su eficiencia y justicia, democrática y pacíficamente, porque los fines y los medios se retroalimentan. No, sin llevar a los tribunales a los corruptos y a los corruptores, a sus mafias y sus paraísos fiscales. Esta vez, la libertad, la igualdad y la fraternidad, pueden ser globales y, por ello, duraderas. ¡Qué mejor tarea para toda una generación!. La nuestra.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
Pero, más allá de las declaraciones, en los últimos tiempos, las cosas son muy diferentes. Con la hegemonía de la reacción neoliberal -profundamente elitista y antidemocrática-, y la usurpación “desde arriba” que a posibilitado de las instituciones sociales de gobierno, se han llegado a vaciar de contenido las capacidades públicas en lo político y se ha impuesto el regreso de la dualización de las sociedades en lo económico. Y así, la vuelta de “los amos” se pretende, hoy, la cosa más natural: los resultados electorales a los gobiernos del pueblo, según convenga, se apoyan o castigan en las bolsas internacionales, y como hace mucho que los Estados –soberanos, ya solo sobre el papel- han sido desposeídos de la capacidad de autofinanciar sus necesidades internas, las políticas de recuperación languidecen subordinadas a lo que “los mercados” consideren que, para acceder a los costes que conllevan las políticas sociales y económicas, toca pagarles.
En este tiránico orden remozado de liberalidad, la ventaja para los de arriba y la “competitividad” para los de abajo, son las normas. Si los poderosos apetecen de los recursos generales de la nación para su exclusivo incremento, todo aporte es poco. Si los desposeídos quieren asegurarse los medios de vida, hay que cargar con la competencia de los bienes y servicios internacionales, realizados en condiciones esclavistas y sin responsabilidad ecológica. Aun habiendo emergido el sufragio universal y los Estados sociales el pasado siglo, y haber conseguido, con ello, el mayor periodo de prosperidad general de la historia moderna, se pretende volver –esta vez, a nivel planetario- a que los poderosos dominen, sin restricciones, y que, el resto, sin más, luchemos por las migajas.
Si queremos neutralizar la involución civilizatoria que se pretende, éstos son tiempos de dar testimonio, de pronunciarse, de hablar entre la ciudadanía y de manifestarse. Pues la globalización puede llegar a ser, también, el vehículo de la fraternidad universal, de la erradicación del belicismo y las dictaduras, de la emergencia de la democracia y la equidad generalizadas. Pero no, sin antes volver ilegítimos e inviables el autoritarismo político, la rapiña económica y la irresponsabilidad social. No, sin retomar el control de las administraciones estatales y profundizar en su eficiencia y justicia, democrática y pacíficamente, porque los fines y los medios se retroalimentan. No, sin llevar a los tribunales a los corruptos y a los corruptores, a sus mafias y sus paraísos fiscales. Esta vez, la libertad, la igualdad y la fraternidad, pueden ser globales y, por ello, duraderas. ¡Qué mejor tarea para toda una generación!. La nuestra.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.144