Ganar de mentiras, perder de verdad
La llamada “falsa conciencia” y la “alienación social” hacen referencia a un desconcertante fenómeno civilizatorio
Desde hace muchos siglos -al menos desde que las agrupaciones humanas se estratificaron y ganaron en número- los detentadores de los poderes institucionalizados, para mantener su estatus, no han dejado de convencer a los miembros de la base de la sociedad de la naturalidad de las jerarquías y de la conveniencia de subordinarse a ellas para congraciarse con las divinidades, cumplir con el destino del reino u honrar a la propia estirpe.
En muchas partes del mundo, los mitos sobre las naturalezas omnipotentes de los reyes, las capacidades trascendentales de los jerarcas sacerdotales y las condiciones extraordinarias de los jefes guerreros, han conformado las creencias y adiestrado las actitudes de las gentes desposeídas, hasta hoy mismo. Reforzándose en fastuosas representaciones, materializándose en espectaculares edificaciones y expresándose en magníficos monumentos, las élites de poder se han perpetuado sobre las cabezas de sus vasallos, manteniéndolos en la credulidad y el conformismo.
Sin embargo, los privilegios en los países de cultura occidental, particularmente a partir de la revolución de la modernidad “ilustrada”, han debido justificarse de modos más inmanentes: los derechos al poder de los de arriba ha habido que revalidarlos desde las sobrehumanas cualidades todopoderosas a las cuestiones más próximas de preparación especial, capacidad de liderazgo o pericia en conseguir logros. Excepción hecha del Jefe de Estado español y Generalísimo Francisco Franco, que, estando bien entrado el siglo XX, aún así, era “Caudillo” del país “por la gracia de Dios”.
Con todo, para adecuar las conciencias de la plebe a los intereses de los poderosos, para que se asuman como valores sociales las conveniencias de las élites, no todo han sido códices de leyes, libros sagrados y sesudos panegíricos, también ha habido -y mucho- fiestas y espectáculos “para todos”. La opresión y la explotación se hacen “necesarias” con argumentos de autoridad pero se alivian con la juerga, aunque en ésta, también a los de abajo les toca “mirar los toros desde la barrera”. En la Grecia Clásica los juegos de Olimpia fueron los que más fama consiguieron en su época; en la Roma Imperial el Circo era el sumun del disfrute popular. La variedad y evolución de los juegos para el pueblo ha sido enorme y su aceptación generalizada: Un poco pan y mucho circo parecen funcionar a las mil maravillas.
Hoy en día, por estos lares a lo que se juega es al futbol: es el espectáculo deportivo por experiencia, el deporte rey, asunto de interés nacional al que se le dedican, sin cuento, instalaciones e infraestructuras, tiempo, medios y recursos. En él se proyectan valores épicos e idiosincráticos, pasiones desatadas y esperanzas fútiles; en él, las masas viven la ficción de que, casi como en la vida misma, se compite por los logros en equipo y con niveles parejos de fuerza y capacidad; que quien es muy hábil se lleva todos los honores y quienes más mal lo llevan, caen; y que jaleando desde las gradas –o frente al televisor- a los que de verdad juegan y sacan el provecho, se está en comunión con ellos, en sus éxitos y en sus fracasos… Pero la vida va de verdad, las pérdidas son mucho más graves y en asuntos relevantes y los éxitos son muy escasos y reservados a los que mejores posiciones ocupan.
Con el triunfo de la Selección “española” en la última competición “europea”, con la fanfarria y la demagogia de la ocasión -a pesar de la tragedia democrática y económica que nos están haciendo pasar-, tenemos una buena muestra de cómo funciona la alienación, de cómo se logra que nos alegremos de ganar “de mentiras” y nos desentendamos de perder de verdad.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.
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