Psicografías
El baile
“La indolencia también tiene un límite”
Se veía venir. Ya no nos dejan ni marcar el paso. Nos quieren a todos clónicos, prosélitos y sin que levantemos la voz cada vez que nos recorten un derecho o nos prospeccionen un paraíso. Si los alumnos se quejan de que tienen unas condiciones casi tercermundistas en las aulas les envían un par de Robocops para que arreglen las cosas a porrazos, si usted cuestiona la factura del teléfono le ponen a hablar con máquinas que le van pasando de una extensión a otra hasta que le terminan aburriendo, y si compra cualquier aparato ha de asumir que están programados para que se estropeen en pocos años. Hace tiempo que han perdido el rubor a la hora de estafarnos delante de nuestras propias narices. Vivimos en un mundo en el que la picaresca se ha adueñado de casi todo. Y además quieren que seamos unos autómatas dispuestos a producir a cualquier precio y bajo cualquier condición. Lo que no creo es que aguantemos mucho más tiempo callados. La indolencia también tiene un límite.
Un claro ejemplo de ese afán por uniformarnos lo he encontrado en la sanción a unos ciudadanos por bailar la Rama de La Aldea contracorriente. No sé si al final se concretará la medida; pero el simple hecho de que llegue a los periódicos ya tiene toda la coña marinera del mundo. Que un ayuntamiento, seis meses después de la fiesta, se empeñe en sancionar a unos vecinos porque bailaban al revés tiene bemoles. Primero porque con ese tiempo que han dedicado a preparar esa sanción podrían haber mejorado la atención de los mayores o de los desempleados aldeanos. Y segundo porque, que yo sepa, nunca ha habido un manual de instrucciones para dejarnos llevar por los acordes de la bandera tricolor. Es más, recuerdo que en cada barrio por el que pasaba La Rama en Agaete o en Guía, los vecinos trataban de que se demorara la parranda para poder bailar más tiempo entre sus calles. Nunca sucedió nada. Y si unos bailadores se pasaban de la raya los sacaban del tumulto sobre la marcha. Pero esos vecinos, que dentro de poco iban a empezar a descontar los días que quedaban para septiembre, se encuentran con una carta en la que se les dice, sin anestesia, que no podrán bailar las tres próximas Ramas. Lo que no sé es cómo se logrará impedir eso entre tanta gente. No creo que vayan a utilizar policías para hacer marcajes al hombre, o que inviertan dinero público en la compra de algún aparatito de esos que controlan vía satélite por dónde nos movemos. No sé qué pasará si esos vecinos vuelven a bailar saltándose la prohibición. Lo que sí tengo claro es que el poder, desde hace un tiempo, está empeñado en que ninguno de nosotros baile al ritmo que le pide su cuerpo o su forma de pensar. No estoy de coña. Me preocupa esa prepotencia burocrática que ya cuestiona hasta la forma en que debemos bailar en la calle una tarde cualquiera de verano.
CICLOTIMIAS
El tiempo, a veces, nos envenena de olvido
Un claro ejemplo de ese afán por uniformarnos lo he encontrado en la sanción a unos ciudadanos por bailar la Rama de La Aldea contracorriente. No sé si al final se concretará la medida; pero el simple hecho de que llegue a los periódicos ya tiene toda la coña marinera del mundo. Que un ayuntamiento, seis meses después de la fiesta, se empeñe en sancionar a unos vecinos porque bailaban al revés tiene bemoles. Primero porque con ese tiempo que han dedicado a preparar esa sanción podrían haber mejorado la atención de los mayores o de los desempleados aldeanos. Y segundo porque, que yo sepa, nunca ha habido un manual de instrucciones para dejarnos llevar por los acordes de la bandera tricolor. Es más, recuerdo que en cada barrio por el que pasaba La Rama en Agaete o en Guía, los vecinos trataban de que se demorara la parranda para poder bailar más tiempo entre sus calles. Nunca sucedió nada. Y si unos bailadores se pasaban de la raya los sacaban del tumulto sobre la marcha. Pero esos vecinos, que dentro de poco iban a empezar a descontar los días que quedaban para septiembre, se encuentran con una carta en la que se les dice, sin anestesia, que no podrán bailar las tres próximas Ramas. Lo que no sé es cómo se logrará impedir eso entre tanta gente. No creo que vayan a utilizar policías para hacer marcajes al hombre, o que inviertan dinero público en la compra de algún aparatito de esos que controlan vía satélite por dónde nos movemos. No sé qué pasará si esos vecinos vuelven a bailar saltándose la prohibición. Lo que sí tengo claro es que el poder, desde hace un tiempo, está empeñado en que ninguno de nosotros baile al ritmo que le pide su cuerpo o su forma de pensar. No estoy de coña. Me preocupa esa prepotencia burocrática que ya cuestiona hasta la forma en que debemos bailar en la calle una tarde cualquiera de verano.
CICLOTIMIAS
El tiempo, a veces, nos envenena de olvido
Las opiniones de los columnistas son personales y no siempre coinciden con las de Maspalomas Ahora.









Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.91