Intelectuales varios
Pocas actividades culturales son tan influyentes e imprecisas como las intelectuales; pocas habilidades son tan apreciadas y denostadas como las de los intelectuales.
(A partir del artículo “Dos modos de concebir la labor intelectual: Foucault y Rorty” de Joaquín Fortanet. http://isegoria.revistas.csic.es/index.php/isegoria/issue/view/42)
Pocas actividades culturales son tan influyentes e imprecisas como las intelectuales; pocas habilidades son tan apreciadas y denostadas como las de los intelectuales. El sustantivo “intelectual” designa a las personas que, dedicadas preferentemente al cultivo de las ciencias y las artes, hacen de su ocupación, a veces, una profesión y, en ocasiones, un modo de vida. También se define “intelectualidad” como sinónimo de “entendimiento”, esa esquiva facultad mental –llamada, asimismo, razón- por la cual ideamos las cosas, las confrontamos, las valoramos y realizamos inferencias a partir de las que ya conocemos.
Así pues, ejercer el entendimiento, ser intelectual, si es algo más que una obviedad o una mera presunción ¿Qué es? En la época histórica Moderna de Occidente aparece un modo de pronunciarse socialmente -vinculado a la Ilustración y al surgimiento de las revoluciones políticas y tecnológicas burguesas -que ahora se califica de clásico y que se ha venido a definir como el propio del intelectual universal: el pensador de izquierdas comprometido que denuncia la opresión del poder y descubre la verdad velada por los aparatos ideológicos del sistema, orientando a la ciudadanía, a través de una teoría fundamentada racionalmente, en el camino a seguir para emanciparse.
En sociedades azotadas por las injusticias y ávidas de recursos culturales para desentrañarlas y contestarlas, esta labor intelectual puede llegar a tener una gran influencia y efecto. De ahí el interés de las élites de los distintos regímenes políticos por coartar o corromper a los y las activistas teóricos para neutralizarlos y emplearlos para manipular al conjunto social. Con todo, este modelo de intelectual, el del pretendido maestro de la verdad y de la justicia y conocedor de lo universal, corresponde a una visión cultural característica de los siglos XVIII y XIX, pródiga en concepciones totalizadoras de la evolución social que ya han periclitado. El “iluminismo” de la razón secularizada e instrumental, la irrupción de las ciencias sociales, el progreso como motor civilizatorio “asegurado” científica y tecnológicamente… el supuesto destino superior de la civilización occidental que, tras las dos Guerras Mundiales, quedó en mero colonialismo y casi nada más.
La pretensión universalista del intelectual clásico se evidenció incapaz de dar cuenta de las contiendas políticas y de las transformaciones culturales y sociales actuales. En el movimiento filosófico contemporáneo, el posmodernismo, se produjo una revisión del intelectualismo y han surgido nuevos modelos, principalmente, dos: el del intelectual específico -según la expresión de Michel Foucault- y el del intelectual irónico–tal como lo define Michael Rorty-. Aunque ambos pensadores comparten la aversión ante el intelectual clásico, última reminiscencia del filósofo-rey platónico, que tiene «la indignidad de hablar por otros», sus finalidades y sus compromisos son muy distintos. Y sus efectos sociales, también.
El intelectual específico continua ejerciendo contra la opresión y la explotación de los sistemas sociales hegemónicos, pero lo hace interviniendo ya solo en las problemáticas concretas, procurando hacer ver a los demás lo que está pasando, realizando diagnósticos específicos del presente y prestando su reducido saber a dar voz a quienes son silenciados y a sus causas. Sigue animando a la resistencia y a la subversión.
Por el contrario, el intelectual irónico niega toda posibilidad de juicio político a nuestros sistemas, por considerarlo una pretensión trasnochada y limita su actividad pública a la propuesta de reformas pragmáticas ante los problemas que afloren socialmente. Para este modelo de activismo teórico solo existe el presente y el corto plazo y no hay más fundamentos para la crítica que los datos estadísticos.
Por eso este modelo de “intelectuales” está tan promocionado en los tiempos actuales de pensamiento único, porque en los medios de masas no ofrecen críticas de fondo y alternativas de calado, solo ironías y reformismo. Y es que, desde luego, como en el resto de los agentes sociales, también entre los intelectuales los hay que son parte de los problemas que padecemos y los hay que son parte de las soluciones que precisamos.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.
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