No es la cesta de la compra, es la de los alimentos
Sólo con los alimentos que se malversan en el mundo rico -que se malogran sin llegan a ser comidos- se podría poner coto a las hambrunas
La FAO, el organismo de Naciones Unidas que tiene como finalidad promocionar la seguridad alimentaria para el conjunto de la humanidad facilitando el acceso regular a alimentos de buena calidad que permitan llevar una vida activa y saludable, recientemente ha hecho público un informe sobre el estado de los recursos de tierras y aguas del mundo para la alimentación y la agricultura. Este estudio incluye la primera evaluación mundial del estado de las tierras del planeta. Sus conclusiones son muy preocupantes, pues ponen en evidencia que mientras el 36% de las tierras están en condiciones de estabilidad o de degradación ligera, el 25% presentan un elevado nivel de degradación y el 8%, tienen una degradación moderada. Solo el 10% se consideran tierras mejoradas. El resto de la superficie terráquea o está desprovista de manto fértil (18%) o está cubierta por agua continentales (2%).
En los últimos 50 años la superficie agrícola mundial creció un 12% mientras que la producción agrícola aumentó un 150%, lo que supuso, por primera vez en la historia contemporánea, que la producción de alimentos básicos fuera, en teoría, más que suficiente para alimentar a todos los seres humanos. No obstante, en la práctica, la imperturbable insolidaridad de los poderes hegemónicos del mundo continuó incentivando la sobrealimentación y el despilfarro de los menos, antes que implementar políticas de justicia alimentaria para el conjunto. Así, la suficiencia alimentaria ha seguido relegada a ser uno más de los objetivos del milenio, esos que siempre se quedan por cumplir.
Aunque no se recuerda lo suficiente, no podemos olvidar que cerca del 50% de los cereales que se producen en el mundo no se destinan directamente a la alimentación humana, sino que se utilizan en granjas para el engorde de animales; que sin remediar la calamidad del hambre, la civilización actual ha creado la plaga de la obesidad; y que solo con los alimentos que se malversan en el mundo rico -que se malogran sin llegan a ser comidos- se podría poner coto a las hambrunas. Darles a comer al ganado los alimentos que se podrían comer los seres humanos es altamente ineficiente, pues el metabolismo animal cuando consume un alimento solo llega a aprovechar un 10% de su valor nutritivo. Así, de cada 100 gramos de grano o de carne, solo se asimilan 10 gramos de su capacidad nutricional. Por ello, una vaca requerirá consumir 1000 gramos de cereales para producir 100 gramos de carne, un “rodeo” que sustrae el 90% de la capacidad nutricional del recurso si se destinara directamente al consumo humano.
En la actualidad, esas notabilísimas tasas de productividad agrícola han disminuido en muchas zonas a la mitad. Pues hoy sabemos que esa “revolución verde” se logró a costa de degradar las tierras y los sistemas hídricos de varios de los sistemas clave, sobre todo en la banda central de África y en el sur de Asia. El informe aludido advierte, por fin, que de no poner remedios, la competencia por las tierras y el agua se incrementará a corto plazo entre los distintos usos y requerimientos urbanos, industriales, rurales y agrícolas.
A todas estas, en nuestro archipiélago, dos terceras partes del suelo considerado agrícola permanece abandonado y sometido a procesos erosivos. Tal como andamos preocupados por el empleo y por la cesta de la compra, es el momento de consolidar la suficiencia en el acceso a alimentos con el aseguramiento -hasta donde sea posible- de la soberanía alimentaria, cerrando el círculo virtuoso de producción, comercialización y consumo propios. Visto lo visto, esta dinámica de responsabilización y empoderamiento autónomo es conveniente como siempre y necesaria como nunca.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
En los últimos 50 años la superficie agrícola mundial creció un 12% mientras que la producción agrícola aumentó un 150%, lo que supuso, por primera vez en la historia contemporánea, que la producción de alimentos básicos fuera, en teoría, más que suficiente para alimentar a todos los seres humanos. No obstante, en la práctica, la imperturbable insolidaridad de los poderes hegemónicos del mundo continuó incentivando la sobrealimentación y el despilfarro de los menos, antes que implementar políticas de justicia alimentaria para el conjunto. Así, la suficiencia alimentaria ha seguido relegada a ser uno más de los objetivos del milenio, esos que siempre se quedan por cumplir.
Aunque no se recuerda lo suficiente, no podemos olvidar que cerca del 50% de los cereales que se producen en el mundo no se destinan directamente a la alimentación humana, sino que se utilizan en granjas para el engorde de animales; que sin remediar la calamidad del hambre, la civilización actual ha creado la plaga de la obesidad; y que solo con los alimentos que se malversan en el mundo rico -que se malogran sin llegan a ser comidos- se podría poner coto a las hambrunas. Darles a comer al ganado los alimentos que se podrían comer los seres humanos es altamente ineficiente, pues el metabolismo animal cuando consume un alimento solo llega a aprovechar un 10% de su valor nutritivo. Así, de cada 100 gramos de grano o de carne, solo se asimilan 10 gramos de su capacidad nutricional. Por ello, una vaca requerirá consumir 1000 gramos de cereales para producir 100 gramos de carne, un “rodeo” que sustrae el 90% de la capacidad nutricional del recurso si se destinara directamente al consumo humano.
En la actualidad, esas notabilísimas tasas de productividad agrícola han disminuido en muchas zonas a la mitad. Pues hoy sabemos que esa “revolución verde” se logró a costa de degradar las tierras y los sistemas hídricos de varios de los sistemas clave, sobre todo en la banda central de África y en el sur de Asia. El informe aludido advierte, por fin, que de no poner remedios, la competencia por las tierras y el agua se incrementará a corto plazo entre los distintos usos y requerimientos urbanos, industriales, rurales y agrícolas.
A todas estas, en nuestro archipiélago, dos terceras partes del suelo considerado agrícola permanece abandonado y sometido a procesos erosivos. Tal como andamos preocupados por el empleo y por la cesta de la compra, es el momento de consolidar la suficiencia en el acceso a alimentos con el aseguramiento -hasta donde sea posible- de la soberanía alimentaria, cerrando el círculo virtuoso de producción, comercialización y consumo propios. Visto lo visto, esta dinámica de responsabilización y empoderamiento autónomo es conveniente como siempre y necesaria como nunca.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
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