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SANTIAGO GIL

Psicografías

Modestias

SANTIAGO GIL Domingo, 20 de Noviembre de 2011 Tiempo de lectura:

“Todo requiere un proceso”

La erupción de El Hierro nos está sirviendo para valorar cada piedra que la naturaleza ha creado a nuestro alrededor. El día en que ya no estemos ninguno de nosotros, la materia seguirá reinventándose en el universo y proseguirá el milagro como prosigue el show aunque se mueran los cantantes. Deberíamos ir haciendo reverencias cuando pasamos junto a las rocas de la costa. Detrás de cada forma hay un proceso casi milagroso. Incluso los fondos marinos, esos valles sumergidos y esas cuevas que se pierden hacia el interior enigmático del planeta, tuvieron en su día un proceso eruptivo que los hizo salir de la nada, como de la nada está saliendo ese volcán que algún día podría llegar a ser como las islas que habitamos.

Observando ese proceso eruptivo que hace temblar la tierra y vuelve a los humanos tan vulnerables como cuando no tenían ni carné de conducir ni ordenadores, uno no entiende cómo no somos capaces de ponernos de acuerdo para convivir en paz respetando cada uno de los espacios que nos ha  brindado la naturaleza. En lugar de reverenciar esos paisajes, lo que hacemos es buscar la manera de destrozar en una mañana lo que el tiempo ha tardado siglos en crear. Algún día desaparecerán los seres humanos dejando la faz del planeta manchada de edificios horteras, de centrales nucleares radioactivas y de restos de chatarra y de plásticos que ni siquiera servirán como fósiles. Al paso que vamos ese será nuestro legado para un futuro que jamás seremos capaces de concebir en toda su dimensión. Y si no logramos controlar ese caos destructivo, les acabaremos fallando a los que consiguieron que nosotros contáramos con un mundo más justo y más habitable. Esa erupción herreña también nos está enseñando que no hay nada que se consiga de la noche a la mañana.

Todo requiere un tiempo, y hay pasos hacia delante y hacia atrás, enfriamientos de años en los que la tierra duerme como un animal que hibernara sobre sí mismo y explosiones en las que todo se regenera y renace. Cada pluma de esos pájaros silvestres que cantan ufanos y sinfónicos en nuestros campos, cada pelaje de esos perros que nos alegran el día con su mirada y cada arruga en la piel de esos viejos que han visto cómo se ha ido repitiendo la historia cíclicamente, merece una ovación larga y sonora. Y cada árbol, y cada piedra del camino, y cada caracol que se acerca a la tierra mojada pensando que el universo es el jardín por el que transita con una pachorra que logra eternizar cada segundo. Donde quiera que miremos hay un orden matemático en el que deberíamos encajar sin alterar nada de lo esencial. Protagonizamos nuestra propia biografía siguiendo la estela del azar que nos mueve con mañas siempre sorprendentes. Nuestra vida no es más que una sucesión de sueños que se entrecruzan en la inmensidad del tiempo.

CICLOTIMIAS

Cada cual se trabaja su propia trascendencia

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