Esta campaña se salió de lo habitual, al menos en comparación con los últimos años. Mientras la resaca electoral aún persiste, vencedores y vencidos aún asimilan los resultados y su futuro más inmediato en una complicada coyuntura internacional afectada por la crisis financiera fuera del paraguas de la Administración pública. La indignación por las acciones irregulares que llevó a cabo más de un partido político abre de nuevo el debate sobre la conducta hostil de muchos, que pretenden amedrentar a los electores en su camino a las urnas. En esta campaña hemos visto casi de todo, desde la contratación de detectives para espiar al contrincante, hasta la presencia de la familia entera de la alcaldesa en funciones para controlar el desarrollo de las votaciones en el Colegio de Sonneland, y todo para terminar con el mismo disgusto. Los nervios han sido protagonistas en el día de las votaciones y hasta unas horas antes, donde aún recordamos las salidas de tono de más de un concejal, la presencia de matones en los colegios electorales o las discusiones infantiles que a nada conducen e hicieron inevitable una jornada tranquila, divertida y democrática.








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