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La democracia de hoy

Miércoles, 13 de Abril de 2011
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Es muy probable que los modelos de convivencia democrática fueran habituales en las sociedades anteriores a los Estados primigenios, que se iniciaron con las primeras ciudades-estado de la antigua Mesopotamia. No obstante, los testimonios históricos sitúan el surgimiento de la Democracia en torno al siglo V a. C. En un contexto cultural de concepciones jerárquicas del ejercicio del poder, la aparición de un sistema de gobierno de la ciudadanía, ejercido por la propia ciudadanía, fue toda una revolución política, pues las monarquías divinizadas, las oligarquías elitistas y las tiranías guerreras eran los modos usuales de gobierno en los Estados de entonces. Sin embargo, sobre todo en la Atenas del siglo de Pericles, los ciudadanos ejercieron el poder de la polis en condiciones de igualdad, participando directa y activamente en la elaboración de las leyes y en la toma de decisiones de interés general. Con todo, ese fue también un sistema marcadamente oligárquico, muy excluyente y ferozmente clasista, ya que solo tenían la condición de ciudadanos los varones propietarios y nativos del lugar; mientras que las mujeres, los esclavos y los extranjeros estaban excluidos de los derechos de ciudadanía y subordinados a su plena autoridad machista, esclavista y xenófoba. Con el ocaso de las ciudades estado griegas, “lo democrático” se sumió en una larga noche, hasta que avanzado el siglo XVIII, las revoluciones burguesas en Norte América, Inglaterra y Francia trajeron bajo el moderno lema de “libertad, igualdad y fraternidad”, otra vez la democracia al pueblo, a través de los procedimientos de representación. No obstante, esta lucha “liberal” contra el antiguo régimen se quedó muy corta en la democratización, pues a través del sufragio censitario, siguió excluyendo a los hombres adultos sin un determinado nivel de rentas e instrucción, y a la generalidad de las mujeres. El proceso democratizador -no sin importantes rémoras y dificultades- siguió consolidándose en lo que denominamos Occidente, hasta que terminada la segunda guerra mundial y sus horrores en 1945, con la consolidación de la condición de ciudadanía para todos los adultos, sin distinciones de nivel económico y de género, y la extensión de las elecciones generalizadas, emergieron de las democracias liberales, de los anhelos socialistas y de las reivindicaciones sindicales, los llamados Estados de bienestar. ¿Fin de la historia? En absoluto. Hoy sabemos que los Estados que asumieron ese modelo democratizador “universal”, estaban lastrados por la preeminencia que le concedieron a la economía “de mercado” sobre la soberanía política. Así, en un contexto de pleno empleo debido la recuperación posbélica, se priorizó el acceso a los derechos constitucionales de solidaridad a partir de la situación laboral de la ciudadanía. Por ello, con la progresiva mecanización de la mano de obra y la deslocalización de las grandes empresas y capitales privados en las décadas siguientes, al tornarse imposible crear suficientes empleos para la población los sistemas de redistribución social se colapsaron e hicieron inviable el modelo socialdemócrata. Y en los últimos treinta años las elites de poder económicas y sociales del Neoliberalismo han conseguido reducir esas imperfectas democracias a meras oligarquías “liberales”. De este modo, hoy en Occidente, al igual que ocurre en los otros regímenes dictatoriales a lo largo del mundo, un reducido núcleo de privilegiados vuelve a acaparar los bienes del esfuerzo general y los recursos de la naturaleza, sin miramientos, ni tino. Por lo tanto, ahora el hálito de lo democrático no está en EEUU, donde se considera constitucional que las grandes corporaciones empresariales donen ingentes cantidades de dinero a las campañas electorales de los aspirantes políticos. Ni en la República Popular China, potencia antisocial donde las haya. Ni, tampoco, en los respectivos Estados que les hacen de comparsas. El viento actual de liberación de la conciencia democrática, que siempre se va regenerando a pesar de la contumaz reacción de las fuerzas tiránicas, sopla en otras direcciones. Hacia el Sur, en ciertos desarrollos en Latinoamérica que son promisorios de nuevas dimensiones en la emancipación general. Hacia el Norte, sobre todo en Islandia, donde se están despejando novedosas vías de empoderamiento civil. Y en todos los países donde aún el sistema electoralista se mantiene. En ellos, aunque soterradamente, la vía para que la recuperación democrática y el protagonismo ciudadano prevalezcan continúa legalmente abierta y a mano. Esta vez, el alcance de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad reencontradas, puede ser, por fin, global y, por tanto, perpetuo. Uno de los más brillantes pensadores de la Democracia como sistema político, Cornelius Castoriadis, nos recuerda que la finalidad primordial de la democracia es la de crear sociedades autónomas, formadas, ineludiblemente, por ciudadanos y ciudadanas autónomos, solidarios y humanitarios. Es decir, libres de dominio y alienación, comprometidos en el cumplimiento igualitario de las condiciones de dignidad civil y fraternos en la valoración política de sus conciudadanos. A tiempo estamos.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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