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Vivir, sobre todo, sentirnos vivos

Martes, 05 de Abril de 2011
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Quienes vivimos en ámbitos urbanos es posible que ya nos hayamos olvidado de que la primavera llegó hace poco más de dos semanas. Ya que nuestras actividades, problemas y afanes habituales, a menudo, nos hacen dejar de lado cualquier perspectiva más general de lo que afecta a nuestras vidas y de lo que pasa en la parte del planeta en que estamos inmersos. Aún así, más allá del trabajo que tenemos o no, de las idas y venidas por la ciudad, de las distracciones cotidianas, estos días, tras los edificios, en el campo reverdecido, revientan muchas más flores que de costumbre y el aire se entibia, haciéndonos llegar, incluso entre los humos del tráfico motorizado, gratos aromas. Para un número cada vez más elevado de nosotros, los urbanitas, este tiempo es también el del inicio de las alergias estacionales. Y esta es una muestra más, no solo de lo distraídos que vivimos de la naturaleza, sino de cómo nos estamos extrañando de ella: nuestros organismos ya no saben ni convivir con el polen. Tampoco nuestra instrucción cultural civilizada -es decir, “de ciudad”- nos ha ayudado a tener una conciencia completa de nuestros lugares y tiempos más amplios, ni a buscar coherencias armónicas entre nuestros hábitats construidos y los entornos silvestres que nos sustentan. Venimos de una larga tradición de inculturación en la hostilidad y el menosprecio por todo lo natural y sus fenómenos. Tanto en lo ambiental como en nuestro interior estamos lateralizados hacia lo ideológico, lo convencional y lo artificial. Por ello, hasta casi hoy mismo, los humanos “civilizados” no hemos sido capaces de recuperar nuestra conciencia ecológica, tan venerada en nuestros orígenes salvajes. Los ecosistemas naturales resurgen como condición de nuestra pervivencia y de nuestro reconocimiento, casi cuando ya es demasiado tarde, pues están siendo gravemente desestabilizados por el modelo hegemónico de crecimiento económico impuesto globalmente. Pero, esta vez, no se trata de una mera reacción dialéctica ante el último exceso promovido por un reduccionismo anterior. Pues de dicotomías excluyentes está “el infierno” de la cultura lleno. Por fin, gracias al desarrollo de los saberes naturales y sociales, ya hemos aprendido que lo tradicional y lo innovador, o que el cultismo y el naturalismo son valores complementarios, antes que antitéticos. Que el liberalismo y el igualitarismo, o que el progresismo y el conservadurismo son, más que meras coartadas en las consabidas pugnas por el control social -siempre sobre los mismos-, más bien, las distintas dimensiones a cuidar en sociedades que se pretenden autónomas, solidarias y sostenibles. El individuo que somos cada cual y la sociedad que –mal que bien- conformamos; nuestra animalidad y nuestra condición cultural íntimas, ya pueden confluir en una conciencia más integral. Así, la complejidad es el nuevo paradigma de conocimiento que nos enmarca. El cosmopolitismo humanitario es el nuevo orden político que nos concierne. Y la pertenencia a la prodigiosa biosfera de Gaia –el planeta Tierra- es la nueva religación con la naturaleza toda que nos anima… En fin, veo que me he puesto muy “lírico”. Tal vez, después de todo, la primavera, desde que ha llegado, sí que nos ha entrado a todos y todas en el cuerpo. Por tanto, feliz renacimiento de la vida. Pues de eso se trata, de vivir, sobre todo, de sentirnos vivos.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com
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