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Sensibilidades ante la tragedia japonesa

Viernes, 18 de Marzo de 2011
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Es evidente que una parte importante del mundo, se ha estremecido ante la tragedia que está viviendo el Japón en estos días. Pero no a todo el mundo se le encoge el alma por las mismas razones, también en esto hay distintas sensibilidades entre las personas sensibles. “El mundo atento a Fukushima”, refiriéndose a la radiación nuclear, es el titular del periódico El País del 17 de marzo y de igual tenor en otros medios de comunicación e Internet. Parece que ya han olvidado que, a día de hoy, la auténtica tragedia es la muerte de decenas de miles de personas víctimas de un tsunami y de uno de los terremotos más importantes padecidos en el mundo desde que se registran estos fenómenos naturales. Se está poniendo el acento emocional en un accidente nuclear al estilo Chernobyl que conviene resaltar, a día de hoy, no se ha producido y que casi todos esperamos y deseamos que no se produzca, estemos o no a favor o en contra de las centrales nucleares. Es de pura lógica, sentido común y responsabilidad que políticos y técnicos se preocupen de los problemas que puedan surgir mañana y de intentar atajar cualquier efecto secundario probable, lo más rápida y eficazmente posible, pero sin relegar a un segundo plano la auténtica tragedia que está viviendo el Japón hoy: el inmenso dolor por las decenas de víctimas humanas, que ya se han producido, por el terremoto y el tsunami. Una reacción similar de potenciar lo secundario ya se tuvo cuando las Torres Gemelas de Nueva York fueron atacadas y justo al día siguiente un periódico tituló a cuatro columnas “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”, “Sello inconfundible del conflicto árabe-israelí” (El País, 12 de septiembre de 2001). En aquel caso americano, como en este japonés, no había imágenes morbosas de cadáveres o de gentes asaltando supermercados y tiendas de electrodomésticos para llevarse productos de “primera necesidad” como televisores o lavadoras. En Japón ahora y en EEUU entonces, primaba el respeto por la dignidad y privacidad de las personas, víctimas inocentes y familiares, y no se ofrecía a los espectadores sangre y cuerpos rotos, tan propias de lo que se ha llamado prensa amarilla. Ya es suficiente dolor, el que los implicados tengan que recuperar y reconocer cadáveres, como para exhibirlo en los espectáculos de la telebasura. En algunas televisiones canarias se ha podido ver pseudo encuestas a pié de calle donde muchas personas se manifestaban preocupados porque llegara a nuestras costas la ola del tsunami japonés, sin que esas mismas cadenas se hubieran molestado en mostrar un mapamundi donde se pudiera recordar que Japón está en aguas del Océano Pacífico mientras que Canarias está en el Atlántico, con un continente de por medio. Es el “eco alarmismo”, esa enfermedad tan de moda ahora y antes, que lleva a muchas asociaciones de vecinos, por ejemplo, a aplaudir con las orejas que Las Palmas de Gran Canaria sea una ciudad Wi-Fi mientras se manifiestan a la vez frente a las antenas de telefonía móvil, no contra las de radio o televisión, también radiantes con muchísima mas potencia emitida que las otras. Las ondas electromagnéticas, como la radiación nuclear, obedecen a leyes de la fisica, no a intereses de políticos oportunistas que explotan el miedo irracional de las gentes sencillas. Lo peor del caso es que algunos tertulianos y columnistas de los medios de comunicación se pronuncian solemnemente como si realmente entendieran algo del asunto nuclear. Y cuando se pregunta a un especialista o físico nuclear y este se manifiesta favorable a este tipo de energía, aportando datos reales y no leyendas urbanas, se le descalifica como “vendido” o “comprado”, es asunto de quien toma la iniciativa, a los intereses atómicos. Si los especialistas en la materia no pueden opinar en base a su ciencia y a su experiencia, ¿los políticos y la gente común nos asesoraremos e informaremos con las injustamente socorridas porteras de fincas urbanas o en los clásicos mentideros que eran las peluquerías, hoy transmutadas en salones de estética o de cambio de “look” o de “maqueado”? Por último, es oportuno recordar que lo malo de la energía atómica no es la radiación en sí misma, sino la dosis que un ser humano puede absorber sin riesgo ponderable y cierto para su salud. Por ejemplo, en casi todos los hospitales hay un servicio de medicina nuclear que presta a los enfermos que lo necesitan el tratamiento de radioterapia, radiactividad pura, tal como su nombre sugiere. ¿Hay alguien que, de forma racional, quiera eliminar ese servicio por el poco probable, pero no imposible, riesgo de contaminación radioactiva a terceros? Paul Watzlawick en su excelente librito “Lo malo de lo bueno” ofrece un capítulo que titula “Dos veces lo mismo es el doble de bueno”, una de las más clásicas trampas de Hécate, la diosa del destino en Macbeth: “si una dosis de medicina es buena, dos será excelente. El paciente entró intoxicado en el hospital”. Creo que es suficientemente ilustrativo…
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