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Otra política con otra ética

Martes, 08 de Marzo de 2011
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Por estar diseñados para ser controlados soberanamente por la ciudadanía y por cimentarse en el imperio de la ley, los regímenes democráticos y constitucionales son la mejor expresión del Estado legítimo. Por el contrario, los gobiernos tiránicos ejercidos por élites privilegiadas, aún siendo los modelos estatales que prevalecieron en los inicios de la civilización y que aún perduran en el presente de las naciones, resultan ilegítimos. Este es, sobre todo, un criterio ético. Desde su inicio, el asunto del poder institucional es una cuestión moral. Y no en vano, pues las primeras Ciudades Estado ya fueron, para propios y extraños, ferozmente beligerantes, clasistas, patriarcales y esclavistas: primigenios estados de dominio que explotaban a sus poblaciones y tendían a subyugar a las sociedades vecinas. Como es sabido, tanto los pequeños Estados como los más grandes Imperios que les sucedieron, continuaron ese patrón despótico y depredador hasta el presente, perpetuando el estatus autoritario. No obstante, a lo largo del devenir histórico, también se han producido emancipaciones de las gentes desposeídas. Lenta y arduamente, consiguieron pasar de la esclavitud a la servidumbre y, muy recientemente, de ser súbditos a ser ciudadanía. Por fin, durante la primera mitad del siglo XX, tras las enormes desgracias y las grandes guerras que azotaron el mundo, en las naciones occidentales la condición ciudadana soberana, al incluir a las mujeres, pasó a ser universal propiciando la extensión de las democracias electorales. Así surgieron los llamados Estados del bienestar, los sistemas políticos que por su amplia extensión de las garantías políticas, sociales y económicas al conjunto de la población, han sido la concreción más acabada de democracias liberales, sociales y representativas. Nunca una sociedad estatalizada ha gozado, “de la cuna a la tumba”, de tanta justicia, libertad y comodidades como aún se disfrutan en los países del Norte. Pero estas transiciones a mejor de los regímenes de dominio popular, también están lastradas por importantes incoherencias y contradicciones: Hacia dentro, por no ser cuestionados de raíz los privilegios, las posesiones desaforadas y las motivaciones antisociales del status clasista, este, a despecho de los valores democráticos, ha prevalecido. Y tras décadas de reacción “neoliberal”, estamos comprobando hasta donde llega su ambición, su corrupción y su desatino. Hacia fuera, el mundo “desarrollado”, aprovechándose de su hegemonía militar, económica y cultural, se ha conducido como un imperio para el resto de las naciones. Manipulando arteramente territorios soberanos y depredando vorazmente sus recursos, ha provocado injusticias y desequilibrios hasta situarnos frente a un colapso civilizatorio y medioambiental planetario. Por todo esto es por lo que para poder llevar a cabo otra política con otra ética deberemos erradicar el autoritarismo de nuestras sociedades, profundizando los valores democráticos e instaurando la solidaridad globalmente. Pues las élites de poder -ahora a nivel planetario- están empeñadas en trocar nuestras debilitadas democracias en oligarquías de ricos. Los valores patriarcales aún prevalecen socialmente, marginando la dignidad femenina de múltiples maneras. Y la implicación de la ciudadanía en las Administraciones públicas, fundamento del necesario progreso democrático, sigue escatimándose. Mientras tanto, la urgente solidaridad entre personas y pueblos, languidece supeditada a que todos esos contratiempos se solventen. Tal como nos recuerda el pensador Cornelius Castoriadis, “La clase política puede aferrarse al cinismo y a la irresponsabilidad porque no está sujeta a ningún control ni a ninguna sanción.” Así que para poder realizar la vertiente fraterna de la condición humana en toda la Tierra, habremos de dejar esas actitudes y prácticas definitivamente atrás.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.
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