La progresiva contaminación que se observa en las grandes ciudades españolas, originada, principalmente, por la emisión de gases tóxicos procedentes de los automóviles, empieza a preocupar a la población. También proviene de las emisiones de humos de determinadas fábricas e industrias.
En estos días hemos oído y visto que se exhalan tantos gases venenosos en Madrid que las autoridades municipales y sanitarias recomiendan que se utilicen lo menos posible los vehículos privados impulsados por motores que funcionan con combustibles fósiles. En la capital de España, como en otras muchas ciudades del mundo, se observa una especie de neblina que se asemeja a una de esas plagas de Egipto que causaba efectos letales sobre la población. Sólo que aquí los va matando poco a poco. Todos los urbanitas. Nos estamos envenenando, pero, por mucho que nos recomienden que hagamos un uso moderado de los coches, casi nadie hace caso. Algo parecido ocurre con la ley antitabaco. Siempre tiene que surgir algún talibán oponiéndose a una norma que parece razonable, si lo que se busca es prevenir los efectos nocivos del tabaco.
En cuanto al uso exagerado del coche, da la sensación de que estamos invadidos por una enfermedad que se llama, permítanme la expresión “cochitis crónica”, que impulsa a mucha gente, de forma compulsiva, a moverse solamente sobre ruedas, y a caminar lo menos posible. Es como si a muchas personas les pareciera que si no utilizan su vehículo (incluso muchos lo hacen para “fardar”) no son nadie. No importa que haya atascos. No importa que los tubos de escape suelten auténtico veneno que algunos parece que respiran con placer. En nuestro caso canario, coger una guagua supone para algunas como si se rebajara su nivel social. Supone un insulto.
Este exhibicionismo automovilístico se produce más en sociedades de desarrollo y bienestar social más tardío, más reciente. Es un esnobismo que se confunde con un signo de prosperidad y bienestar. En otros lugares, en países donde llevan ya muchos años de desarrollo, donde son más conscientes, más disciplinados, y buscan lo que se denomina “calidad de vida”, que empieza por la salud, se restringe el uso de los coches privados. Se utilizan más los transportes públicos, que, al mismo tiempo, están bien organizados y funcionan mucho mejor que aquí. Aparte de que disponen de varias alternativas y medios para desplazarse.
Tomemos pues ejemplo, y si las autoridades desean que utilicemos el transporte público, lo que habría que hacer es mejorarlo e intentar que no sean contaminantes. O si no, que la gente empiece a caminar un poco más, que siempre será más sano. Aunque eso es relativo porque, supongo que no será nada sano caminar por unas calles donde sólo huele a gasoil o gasolina, o sobresale el mal olor de un alcantarillado más hecho o de unas depuradoras apestosas.
Las caminatas tendrían que realizarse en parques, en zonas arboladas. En este sentido es sorprendente ver la cantidad de caminantes y corredores que pueden verse en parque como el de Cruz Conde, en Córdoba, el de María Luisa en Sevilla, o yendo un poco más lejos, el Hyde Park de Londres o el Central Park de Nueva York. Son verdaderas fábricas de oxígenos, pulmones de ciudades rodeadas de polución agresiva y irrespirable.
En el caso de Las Palmas de Gran Canaria, pocos lugares tenemos para respirar aire puro. Los parques son pequeños y las arboledas no abundan. Sin embargo, el lugar más apropiado y recomendable para huir de la contaminación en esta ciudad es, sin duda, el Paseo de Las Canteras, o la misma arena. Lugar de encuentro cosmopolita; lugar donde paseantes y deportistas disfrutan intensamente.
No solamente hay contaminación en Las Palmas. Otras ciudades de la isla también la padecen. Al aumentar el parque automovilístico y las escasas perspectivas de que tengamos pronto vehículo no contaminantes, la situación se complica y al final los que vamos a perjudicarnos somos todos los ciudadanos.
Estamos en un mundo en el que los negocios y los intereses económicos son lo primero que después, a lo mejor, se puede atender a cuestiones como la salud, el bienestar de las personas, su educación, los derechos humanos y todas esas cosas. Estamos sometidos a las empresas petroleras, a las refinerías, al gas o a las industrias automovilísticas, que no solo esclavizan a a la humanidad sino que además les reduce la vida, y participa en la destrucción del mundo. Mientras haya combustibles fósiles no hay prisa por desarrollar energías alternativas ni vehículos no contaminantes.
Existen diferentes puntos de la capital grancanaria terriblemente contaminados, como la calle Bravo Murillo. Tomás Morales, el tramo que va desde El Sebadal a la Torre de Las Palmas donde se concentran miles de vehículos diariamente, especialmente en las horas punta, donde es imposible respirar aire puro. Tenemos, además, un túnel donde es frecuente que los vehículos se detengan en su interior porque está tan mal diseñado que no se previó que a su salida por la parte de Alcaravaneras hubiese un acceso directo hacia la Avenida Marítima. No señor. Hay que detenerse porque hay un semáforo. Lo que significa emisión de humos dentro del túnel cuando los coches están parados.
Vivir en determinadas calles de Las Palmas supone que muchas personas adquieran enfermedades relacionadas con las vías respiratorias: asmas, alergias, y también, cáncer.








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