La ciudad, las islas enteras se aprestan a celebrar el justo y necesario Santo Carnaval sin el cual, por lo visto, la ciudadanía no puede vivir. Es algo que se considera una válvula de escape para tanta presión, frustración, paro, miseria y desánimo que se nos cuelan en nuestro hogar y en nuestra mente, como por una puerta desvencijada. Esta terapia de grupos, de colectivos, que alucina a miles de personas dispuestas a dar rienda suelta a sus instintos más primarios, tiene la contrapartida posterior del “perdón de los pecados” que acalla las conciencias de quienes dan a su vida, a pesar de todo, un sentido religioso y hasta ético.
El espectáculo está siempre garantizado, en mayor o menor medida. No importa que haya crisis, no importa que las arcas estén vacías, no importa que se predique austeridad desde las administraciones y por aquellos que nos administran, o a sea, los políticos. Las fiestas, los festejos, los carnavales no pueden faltar nunca, o nuestro pueblo se traumatizaría, entraría en un gran estado de depresión. Muchos partidos, que se mueven por el populismo y la demagogia, no permitirían que un año, debido a la crisis económica, se suspendiesen los actos de carnavales que supongan gastos, a pesar de que servicios sociales imprescindibles, atención a mayores, a discapacitados, a hambrientos que pululan por doquier se verían aliviados con ese dinero que se evapora entre pitos y flautas.
En épocas de vacas gordas y abundancia, la diversión del pueblo no estaría mal vista , siempre que se atiendan los servicios imprescindibles para la población, y en especial la que se dirige a los más necesitados. Pero en estos momentos me parece un derroche y un insulto a quienes lo están pasando mal.
Aparte del gasto que se realiza en el martirizado Parque de Santa Catalina, con sus escenarios, sus gradas portátiles, los ruidos, la suciedad (inherente a muchos ciudadanos), los artistas que participan en las galas, etc. se permite la instalación de cientos de chiringuitos donde alguien intenta aprovechar la ocasión para ganar algún dinero o para ayudar a algún fin de determinado, pero el ayuntamiento se lleva la gran tajada cuando deberían ser casi gratis.
La capital grancanaria camina en persecución de nuevos años, de nuevos siglos, sin acabar de completarse, sin unos concretos planes y propuestas de mejoras que la hagan brillar ante propios y extraños. Las corporaciones locales se suceden también dentro de una tónica de mediocridad, de trifulcas, de acusaciones mutuas, de dispendios, mientras existen barrios sin equipamientos básicos, sin infraestructuras, sin protección ante cualquier eventualidad y, a veces, sin que se les escuche adecuadamente.
Pero existe un desequilibrio en la ciudadanía. Algunos tuvieron la suerte pasar por la escuela y de que la escuela, la educación, la preparación, pasara también por ellos. Otros, quizás los más que lo necesitaban, no llegaron al final del camino. No consiguieron los objetivos. Se quedaron en la estacada, pletóricos de ignorancia y escasos de cualificación. Lo peor de todo es que a este analfabetismo relativo se une la falta de una educación para la convivencia que destaque una serie de valores que no deben perderse ni aún en los peores tiempos: el respeto, la tolerancia, la solidaridad, el amor a la cultura, a la familia, al entorno, a la tierra, la seriedad, la responsabilidad. y el afán de superación.
Incomprensible resulta para buena parte de la población que mucha gente haya tomado un sistema de gobierno, o, sea la democracia, en la que no creen, para conseguir sus fines espurios Se ha creado una casta de privilegiados, formado principalmente por políticos ., que, a su vez, arrastran a asesores, cargos de confianza, tráficos de influencia, concesiones a empresarios amigos, etc. etc. Esos nuevos cargos, a su vez, desplazan a técnicos y funcionarios que han accedido a sus puestos mediante unas oposiciones (en general, reñidas) y al mismo tiempo perciben unos sueldos elevados, a costa del erario que contribuye a arruinar a las administraciones públicas.
Incomprensible resalta también que esa casta privilegiada acceda a una pensión vitalicia a los siete años de ejercicio, mientras los demás mortales del país necesitan al menos cuarenta años de cotización, y encima les suben la edad de jubilación. Pero ahí no termina la cosa, ya que presidentes el gobierno, (nacionales o autonómicos) así como diputados perciben también una pensión después de dejar sus cargos, sin renunciar a ella a pesar de que se ganan la vida con otros trabajos y otras historias.
Como vemos, los dispendios en este país son difíciles de erradicar, y son los mismos políticos los que elaboran las leyes que los colocan en una situación de privilegiados. Tanto es así, que existe lo que se llama el aforamiento para que nadie pueda meterse con los acusados presuntamente de irregularidades: prevaricación, cohecho, tráfico de influencias, etc. La impunidad que les otorga el mal funcionamiento de la justicia y su condición de aforados es lo que contribuye a que no se exijan responsabilidades, o no se juzgue a muchos de ellos, a pesar de sus conocidas tropelías. ¿Será este conjunto de circunstancias el que empuja a determinados malos políticos a acceder al poder y a tener que aguantarlos años y años?








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