“No entendía nada”
Un día se despertó y notó que le estaba naciendo algo en una de sus sienes. Se tocó, trató de tranquilizarse queriendo ver sólo un grano en un lugar molesto, y finalmente dejó que fueran las horas las que determinaran el resultado. Antes, en los cuentos y en las leyendas, a los hombres les salían alas o se convertían en lobos que aullaban a la luna. Hoy en día ya no se llevan ni los ángeles ni los licántropos. La imaginación se ha acomodado a la imagen, y ya nuestros sueños sólo son un complemento de las series, de los concursos o de los reality shows que emiten en la tele.
Pero volvamos a nuestro protagonista. Hacía años que no se miraba tanto tiempo en el espejo. De repente se vio como un hombre de unos cincuenta años, con canas, ojeroso y de mirada triste. La última vez que se había mirado tanto tiempo aún era un adolescente soñador que sólo aspiraba a conquistar a la chica más guapa del instituto. Desde aquellos lejanos años se ha seguido mirando cada mañana, pero no se ha visto. Se lava los dientes y se afeita. Se peina, pero no se ve, o no quiere verse. Ese día se quedó en casa preocupado por la protuberancia. Llamó al trabajo e inventó una excusa sabiendo de antemano que todas las excusas parecen siempre increíbles. No quiso llamar al médico. De repente empezó a escuchar voces dentro de su sien, y aplausos, y gritos de goles, y música estridente, y a una tipa que decía a todas horas que mataba por su hija. No entendía absolutamente nada. O no lo entendió hasta que vio cómo le empezó a salir una pantalla de su propia cabeza que se desplegaba poco a poco delante de sus ojos. La pantalla se encogía y se estiraba milagrosamente. Podía pasar los canales con solo pensar que quería pasarlos, y todo lo que imaginaba se volvía imagen. Así empezó todo alguna vez. Hubo un mono que un día se apoyó en las dos piernas por vez primera para intentar llegar al cielo, otro al que le salieron los dedos de tanto querer tocar las cosas y uno al que le apareció una nariz para poder oler el rastro de los enemigos o el perfume de las flores. Nuestro hombre estaba contribuyendo a esa evolución de las especies con una protuberancia iluminada y llena de canales. Su cabeza se había abierto como se abre una larva antes de que salga milagrosamente la mariposa. De tanto mirar a la pantalla, el ser humano la había sumado a su propio cuerpo como en su día fue sumando el hígado, el páncreas o las orejas. Cada vez nos saldrán menos muelas del juicio y más pantallas de plasma con mejores prestaciones. Ese hombre se acariciaba la sien guardando la tele con cuidado en el hueco de esa protuberancia que tanto le había preocupado a primera hora de la mañana. La encendía y la apagaba con la misma naturalidad que respiraba. En él se estaba cumpliendo el sueño de una buena parte de la raza humana. Emitía imágenes a todas horas y en todas partes.
CICLOTIMIAS
A veces la lluvia no es más que un preludio del olvido.








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