Sisto Sixtino
Curioso que hoy me despierto con la noticia de la colera en Haiti, tragedia sobre tragedia, pobreza sobre pobreza -en círculo-. Historia de una esclavitud ancestral, la de otros lugares igualmente olvidados hasta que les asalta la culpa del los demás hecha tv. De nada parecen servir los programas tan bienintencionados como incumplidos e irrealizables a la puerta de una civilización que no es globalizable en los términos excluyentes en los que se plantea: la metafísica del dolar y patrón oro. Entonces, curioso, como todo ser humano condicionado por esa curiosidad que nos lleva al miedo y a la culpa y a la condena, al pecado de Adán, a la palabra y a la resurrección o la reencarnacion, curioso digo, oigo como los damnificados de esa parte de La Española, de tanta historia de degradación, "echan la culpa" de su último azote a los nepalies, pueblo dominante donde los haya, cuya búsqueda de la felicidad-identidad a través del tercer ojo nunca ha sido utilizada por las potencias para dirimir sus dominios.
Me viene a la cabeza entonces una obra, `El reino de este mundo´, en la que Carpentier , apenas sobrepasado el siglo pasado nos deleitaba/ilustraba con la historia de la esclavitud en esa isla dividida entre dos, repartida como se repartió el mundo en Tordesillas y devastada, destruidos sus ingenios azucareros y su ganado.
En un pasaje brillante como todos relata como Paulina Bonaparte descubre aterrorizada en su marido el general Leclerc los síntomas del cólera, y cómo los ataudes "salían de las casas en hombros de hombres negros (...), las hijas vestidas de negro se querían arrojar a las tumbas de sus padres". Una historia terrible la de esa Tierra de todas las Tierras, contada con belleza y posiblemente germen del realismo mágico.
Haiti, a las puertas del valuarte del Imperio globalizado, tiene cólera . No me extraña si es ese el Mundo Feliz, y si ese mundo -ahí al lado- es incapaz de asegurarse a sí mismo el éxito, el equilibrio entre mercado y justicia , entre igualdad y libertad, entre los productores y los consumidores del planeta. Díficil solución tiene el mundo si la única verdad es que para que haya riqueza tiene que haber carestía. Pero no quiero ser ni puedo, como parte del problema, el azote inquisidor de nada, ni alentar la colera de nadie, ni de quienes pregonan la revancha de Dios o sus teleevangelistas, ni de quienes devuelven la cruzada hecha martirio o de quienes como Soliman o Mackandal trataban con sortilegios y superticiones "tapa agujeros" -como diría L.Blof-, de ahuentar el cólera que un soldado se había traído entre sus entorchados.
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