Atilio González Hernández
Nuestro Sur es una maravilla, un enclave del paraíso entre el extenso mar y unas tierras resecas que ya no permiten una producción agrícola rentable. Lo que allí tenemos nos ha costado mucho, pues es el resultado del esfuerzo de toda una generación. El Sur ofrece descanso y diversión para el que se lo puede permitir y trabajo para quien lo necesite. Allí está el meollo del turismo. Es la gallina de los huevos de oro que alimenta al resto de la isla.
En mis largas estancias en Playa del Inglés, encuentro muchos motivos de satisfacción pero también alguno de queja. De estos últimos tengo que destacar como más importante el ruido. A nadie le gusta el ruido pero quien menos lo tolera es el que viene aquí buscando el paraíso. En el Sur se encuentra uno con un ruido del que no hay forma de escapar: el ruido de las avionetas que te persigue desde el cielo vayas a donde vayas, que penetra por las rendijas de tus ventanas en la hora de la siesta, que te acompaña a la playa. No es un ruido atronador, que si lo fuera ya lo habría prohibido una norma europea, pero es lo suficientemente fuerte para que resulte molesto -o muy molesto- según la sensibilidad de cada uno. Es la gota malaya del mundo de los ruidos que puede hacerte odiosa la estancia al exterior, donde ese ruido te ataca con más saña.
Hay dos clases de avionetas que vierten ruido sobre nuestro Sur. Las avionetas de publicidad y las avionetas de recreo. No sé si es que no están equipadas de los silenciadores adecuados, o si la altura a la que vuelan es inferior a la que deberían tener para no ser molestas –además de peligrosas-. El caso es que esas voladoras fábricas de ruido se dedican, hora tras hora en los mejores momentos del día, a machacar nuestro descanso.
No estoy hablando de un problema del ruido en las inmediaciones de un aeropuerto, sino del ruido producido diariamente por aviones privados en una zona urbana turístico-residencia. Allí donde no hay aeropuerto y donde se hospedan cientos de miles de turistas. Esos mismos turistas que sostienen nuestra economía viniendo a visitarnos y hablando bien de nuestra tierra a sus amigos. ¿No se merecen ellos y también los canarios que descansamos o trabajamos en el Sur, un poco de respeto? Hay muchas zonas urbanas en España donde no se permite el sobrevuelo de avionetas. ¿Por qué se permite el sobrevuelo de avionetas en nuestro Sur, a pesar de las clarísimas molestias –y también riesgos- que produce?
Alguien podría sentirse tentado a argumentar que ese ruido de las avionetas que yo denuncio ahora no es dañino para los seres que nos movemos sobre el suelo, puesto que hace años que esos ruidos se vienen produciendo y seguimos recibiendo turistas. No es ese un buen argumento en ningún caso, y menos en estos momentos de tremenda crisis. Además de respetar el derecho al silencio, tenemos que conseguir que no haya turistas que dejen de viajar a nuestra isla porque no les gusta el ruido u otros defectos que pueden encontrar en nuestro sector turístico. Para progresar en este mundo global y competitivo es necesario aspirar a lo mejor, a la excelencia.
Ruego ‘a quien corresponda’ -cada uno en su parcela y según sus posibilidades y responsabilidades- que nos ayude a resolver este problema. Es posible hacerlo y vale la pena el esfuerzo.
gerard | Jueves, 05 de Abril de 2012 a las 12:53:53 horas
me molestan mucho las avionetas. soy turista y me quedo 6 semanas en un hotel riu palace. Me encanta el hotel, las dunas, la playa - pero tambien me encanta un poco de tranquilidad y no he venido a gastar mis vacaciones en un area de constante trafico de avionetas publiciatarias y saltaparacaidistas.
No voy a volver, gracias. Hoy otros destinos con buenos hotels.
gracias.
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