El clima de la península de Dakhla es similar al de Canarias, aunque tal vez algo más caluroso a lo largo de todo el año. Las tardes son apacibles e invitan a dar largos paseos. Nuestros anfitriones nos invitaron a dar una excursión inicial a la zona norte, donde se practica el surf pero en lugar de usar una vela, se emplea una cometas para el arrastre, el “katesurf” le llaman a esa especialidad de los deportes náuticos.
La excursión hacia el norte se inicia cuando el coche pasa bajo un típico doble arco construido al estilo árabe, una especie de puerta hacia otro mundo de emociones que nos llevará al país de las “quinientas y media noche”, ya que el lugar donde habitaba Sherezade, la de “las mil y una” está cerca del antiguo Califato de Bagdad y el Sahara está sólo a medio camino en la ruta hacia el medio oriente.
Pronto se pasa frente a una llamativa instalación militar en forma de castillo medieval, con una muralla no muy alta y adornada con almenas en toda su longitud, construido en su día por la Legión Española para su propio acuertelamiento. De no ser por los coches aparcados junto a la puerta principal y la ausencia de un foso anegado con su puente levadizo, se podría uno imaginar cruzando al galope su gran puerta al mismísimo Cid Campeador y sus mesnadas, o a Abderramán, el primer Emir de Córdoba, al frente de sus harcas.
A lo largo de los casi cuarenta kilómetros de carretera para llegar al fondo de la ría, se pueden ver las clásicas jaimas, unas para usos de los nativos y otras para uso y disfrute de los turistas y deportistas ávidos de aventuras y de deseos de conocer los misterios y la belleza exótica del desierto.
Al cabo de un rato, nuestros anfitriones se desviaron de la carretera general y tomaron una pista campo a través, acercándose a la costa, hasta que detuvieron el coche frente a una gran jaima. Tras unas palabras de saludo, fuimos invitados a conocer a una familia saharaui tradicional. Como es preceptivo, así lo marca su ancestral protocolo, nos descalzamos antes de entrar al interior de la tienda, donde, curiosamente, se estaba más fresco que en el exterior.
Hay que reconocer a los saharauis, y en general a los pueblos bereberes y rifeños, su gran sentido de la hospitalidad. La cordialidad con que reciben al visitante hace sentir al invitado, al cabo de muy pocos minutos, como si estuviera en su propia casa, rodeado de los amigos de toda la vida, aunque en realidad se acaben de conocer.
Tienen los pueblos del desierto la costumbre, como anfitriones magníficos que son, de obsequiar a sus visitantes con un ritual ceremonioso: beber unos vasos de té moruno. Suele ser el propio jefe de familia o el hijo mayor el que lo prepare mientras todos permanecen cómodamente sentados o recostados sobre unos cojines, en alegre conversación. En Dakhla además, para un hispanohablante, esa convivencia en una jaima puede tener un encanto adicional al comprobar que muchos de ellos se expresan en un buen español, tal vez algo oxidado por falta de práctica, pero que hace más fluida la amigable charla. ¡Que bueno para la convivencia humana es potenciar lo que nos une y minimizar todo aquello que nos separa!
Entresaco de Internet que “el té a la menta, (hierbabuena se suele llamar por aquí), o té moruno es, con diferencia, una de las bebidas más populares en muchos países árabes. Es llamativo que en zonas de tanto calor esta bebida se tome tan caliente. Pero lo cierto y real es que al cabo de un momento después de beberlo la sensación de calor ha desaparecido y el cuerpo queda con una placentera sensación de bienestar. Si, por el contrario, se toma una bebida fría al cabo de un instante se tiene aún más sed y se rompe a sudar. Los árabes lo explican diciendo que con el té caliente y la comida picante la temperatura corporal se iguala a la temperatura ambiental y se nota menos el calor”. Desconozco si esa es la explicación científica pero, en la realidad y en el desierto, eso es lo que se siente cuando se toma té moruno y hace mucho calor.
La ceremonia tradicional aconseja tomar al menos tres vasos de té a lo largo de la velada. Dicen ellos, y por su saber secular debe ser verdad, que el primero es amargo como la vida; el segundo, dulce como el amor, y el tercero, suave como la muerte… toda una filosofía y una forma de entender la existencia de los hombres que habitan y conocen los secretos del desierto tan bien como la palma de sus amistosas manos.






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