“Sólo permanece lo digital”
Hace años, en un viaje por Italia, me tocó sufrir a un compañero que no hacía más que grabar todo lo que íbamos viendo. Llegabas a Siena o a Florencia y él no sacaba el ojo del visor de la cámara pasara lo que pasara a su alrededor. Incluso grababa las explicaciones de los guías y hasta nuestros pasos cuando andábamos por cualquier calle de Roma. Nunca me hubiera imaginado que mi amigo, al que terminamos apodando el Almodóvar, pudiera llegar a ser tan coñazo. No vio Italia, de eso puedo dar fe. Fue a la vuelta, cuando ya estaba delante de la pantalla en su casa, cuando descubrió el Baptisterio de Florencia o esa luz inigualable de Venecia cuando cae la tarde y la ciudad se vacía de turistas chillones. Sólo aguanté diez minutos viendo la película del viaje; pero sé de muchos amigos que aún la sufren cuando visitan su casa y llegan los postres y las propuestas de sobremesa.
Cuando mi amigo grababa cada adoquín de las calles italianas casi no había cámaras digitales, y los teléfonos aún no estaban equipados con toda clase de artilugios de última generación. Ahora que recuerdo, las fotos de aquel viaje a Italia, como casi todas las fotos de otros viajes anteriores, aún tenían que esperar al regreso para convertirse en papel y en milagro. Ya no sé dónde están. Las que no escaneamos en su momento parece como si se las hubiera tragado la tierra. Sólo permanece lo digital, lo que sale en la pantalla, con el riesgo que tiene eso ante cualquier virus o cualquier despiste que pueda terminar por borrarlo todo y dejarnos sin memoria visual de lo que fuimos. Pero digo que no existían cámaras digitales porque en esos años los Almodóvar eran contados, y más o menos podías esquivarlos. Ahora donde quiera que vayas o que viajes te encuentras a alguien con la cámara o con el móvil haciendo lo mismo que hacía mi amigo por el Trastévere o por el Puente Vecchio. Incluso ya no hay quien visite un museo. La gente no mira los cuadros: los fotografía uno a uno, y te cuesta una barbaridad encontrar un hueco para verlos entre tanto artilugio disparando sin flash, que es lo único que, de momento, les piden en los museos. Más de una vez he estado a punto de decirles que si bajaran a la librería y compraran el catálogo acabarían mucho antes, pero no me he atrevido. Hay mucho loco suelto y uno nunca sabe cómo puede responder un exaltado ante una propuesta coherente. Lo peor es que creo que también hay muchos que están viviendo la vida como quien graba algo para verlo luego en casa: la dejan pasar de largo y no aprovechan cada minuto de su existencia. No saben que lo que luego ven en esas grabaciones no es más que una ficción en la que ya no pintan nada. A veces ni siquiera podemos dar fe de nuestros propios recuerdos. Y es verdad, para qué negarlo, que al final todo se acaba confundiendo en esa extraña película titulada Vida.
CICLOTIMIAS
El mar sólo te exige la mirada limpia de la infancia.






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