A lo largo de la historia el mar, los océanos, que han servido de sustento a la humanidad, ha ido recibiendo a cambio un funesto pago. No sé como ha resistido tanto, cómo ha tenido esa gran capacidad de regeneración y para que no se haya apagado allí la vida.
El milagro de la vida en la Tierra surgió en el mar. El mar ha sido el medio del que se ha valido el hombre para las comunicaciones entre países lejanos y continente, para los más importantes descubrimientos e investigaciones. La circunvalación de nuestro planeta fue posible al mar. Y también sobre ese líquido y salado elemento se libraron grandes batallas entre naciones, imperios y razas, incapaces siempre de mantenerse en paz y de dialogar para solventar sus diferencias.
El mar es un mártir que ha sufrido mucho a manos del llamado rey de la creación. Un ser plagado de aciertos y desaciertos, pero donde también cabe la ignorancia, la insensatez que ha propiciado una imparable escalada de contaminación y de destrucción en esos océanos que nos rodean, que sustentan a tantos seres humanos y que nos han beneficiado durante miles de años. También es cierto que los océanos se enfurecen a veces y de él parten tifones, ciclones, tsunamis, tempestades, olas gigantescas que asolan las costas, que acaban con vidas humanas. Si el mar fuera un ser racional diríamos que estamos ante “una venganza marina”.
Especies de la flora y fauna marina han desaparecido. Otras se encuentran en peligro de extinción, pero así y todo, la conducta de la mayoría de los dirigentes del mundo y de quienes lideran las grandes empresas mundiales no varía.
El afán por obtener el “oro negro” de las entrañas de la tierra, a través de las perforaciones oceánicas, han originado también que grandes masas de petróleo se hayan extendido por diferentes zonas de los océanos, inundando a su vez playas y costas, causando daños irreparables, llevando la muerte a esos lugares. Todo por accidentes, por falta de previsión, o por naufragios o colisiones de grandes tanques cargados de crudo, y los consecuentes derrames.
Yo he temblado de horror cuando alguien habla tan ligeramente de realizar perforaciones petrolíferas en aguas cercanas a Canarias. Imagínense que ocurran hechos como el del Golfo de México y que un derrame de crudo llegue a las playas y costas canarias.
Sería ya la puntilla definitiva para un recurso que se debate hoy en día apuradamente para salir adelante (entre otras cosas por la disparatada política, acciones y previsiones de muchos de nuestros dirigentes, que todo hay que decirlo). Imagínense, pues, una marea negra llegando a las playas de Lanzarote, Fuerteventura, Gran Canaria o cualquier otra isla del archipiélago. Imagínense un nuevo Prestige, que tanto daño causó en la costa gallega, o un Exxon Valdés soltando toda esa porquería como lo hizo en las costas de Alaska.¡Adiós turismo en Canarias!
Pero aquí somos tan listos que todavía estamos pensando en clave petrolera, en el gas, en vez de desarrollar al máximo todas las energías alternativas y posibilidades en otros campos que tenemos. Incluso hay quien se opone a transportes no contaminantes, para seguirle dando cuerda a los negocios petroleros y automovilísticos que se mueven por este infernal hidrocarburo.
Continuaremos así hasta que la consabida estulticia humana acabe incluso con la propia vida de nuestros semejantes. Ya tuvimos precedentes, un ensayo, con el lanzamiento de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Tenemos cada vez países y gobiernos locos de atar. La amenaza sobre el mundo está servida. Diariamente haya masacres, atentados, venganzas, fanatismos que matan. Una humanidad que desaparecerá debido a sus propios excesos, a sus ambiciones, a su inconsciencia.
El petróleo está contemplado en la Biblia como uno de los elementos que acabará con la vida en el mar. Además de sus efectos letales sobre los océanos, contamina las ciudades, los bosques, la atmósfera y de paso, nuestros pulmones y nuestra sangre.. No quisiera ser apocalíptico, que parece que está muy de moda, pero ya el evangelista Juan hace mención a que la humanidad será castigada por la propia naturaleza, es decir, por la tierra, el mar, aguas manantiales y meteoros celestes.
Puede que sean elucubraciones, llenas de metáforas y simbolismos, de un hombre que escribió estos relatos cuando tenía cerca de cien años. Pero ahí están, como están las predicciones de Nostradamus y otros que han tenido una visión profética de los acontecimientos y del devenir de la humanidad.
En el capítulo 8 del Apocalipsis (las siete trompetas) donde dice que vinieron siete ángeles, asegura:
“El segundo ángel tocó la trompeta y fue arrojada al mar como una gran montaña ardiendo en fuego, y un tercio del mar, se convirtió en sangre y murió una tercera parte de las criaturas que en el mar hay, las que tienen vida y una tercera parte de las naves perecieron”.
En le versículo 10, afirma: “Y tocó la trompeta el tercer ángel y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha y vino a dar sobre una tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de aguas. Y el nombre de la estrella es el Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y muchos de los hombres murieron a causa de las aguas porque se habían hecho amargas”.
Y para remate de estas visiones proféticas (cada cual es libre de creerlas o no), en Apoc.21,22, ver.1, se dice: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el cielo primero y la primera tierra se habían ido, y el mar no existe ya”.
¡Qué lástima que quienes tienen las responsabilidad de dirigir y gobernar a las grandes naciones no reflexionen sobre todo esto!








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