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El bando (sólo es un cuento)

Sábado, 10 de Julio de 2010
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Estaba en su despacho, ojeando la prensa matutina cuando, de pronto, su atención quedó fijada en una noticia que aparecía en la contraportada del periódico. En ella se informaba acerca de la gran aceptación que había tenido entre la ciudadanía del lugar una campaña en defensa de los burros de Cataluña. Al parecer, dos jóvenes habían decidido promover el apadrinamiento masivo de estos jumentos, que en su día fueron de gran ayuda para el ser humano y que ahora se les estaba dando la espalda. Tal campaña incluía, entre otras acciones, apadrinar un burro por 100 euros anuales, con el derecho de pasear con él o la posibilidad de bautizarlo por 500 euros, garantizando el carnet de padrino con todos los datos genealógicos del animal. De pronto le vino la idea. Las elecciones estaban a la vuelta de la esquina y las encuestas pintaban muy, pero que muy mal. Le vaticinaban unos resultados pésimos. Peligraban su sillón y su bastón de mando. Eso le tenía en un constante sinvivir. No concebía la vida sin ellos. Eran muchos los años en que habían sido su mejor compañía, acaso su única compañía. Él no sabía hacer otra cosa: mandar, mandar y mandar. No tenía conciencia de haber hecho otra cosa en su azarosa existencia. Mandar era su vida. La pérdida del poder significaba su muerte cruel e inexorable. Durante el resto del día estuvo dándole mil vueltas al tema. Suspendió las visitas que tenía concertadas y ordenó a su secretaria que no le pasara ninguna llamada, ni que se le molestase bajo ningún pretexto. Ya se habían ido todos los trabajadores del ayuntamiento y él seguía allí, pensando, pensando…. Anochecía cuando llegó a su casa. Su cabeza era una olla a presión, pero no podía dejar de pensar y reelaborar una y otra vez lo que consideraba la mejor idea que había tenido en mucho tiempo. Había dado con su seguro de vida, su tabla de salvación. Trató de dormir un poco, pero le fue del todo imposible. No podía conciliar el sueño. La idea no se le iba de la cabeza, era una insufrible obsesión, un guineo, una matraquilla. No podía esperar al día siguiente para comunicar la buena nueva a los concejales de su grupo de gobierno. Ya de madrugada, sin poder contener su impaciencia, telefoneó uno a uno, convocándoles para la primera hora de la mañana en las Casas Consistoriales. A todos les extrañó lo intempestivo de las llamadas, pero nadie osó rechistarle. Sabían cómo se las gastaba. Ojeroso, con aspecto cansado y visiblemente agitado, no hizo más que llegar a la reunión y exponer su idea con vehemencia y con cierto atropello verbal. Les explicó que, aunque de puertas afuera, cara al populacho, había que aparentar confianza plena en la victoria en los próximos comicios, no podían ignorar la situación real que señalaban las últimas encuestas. Y esa terca realidad les situaba extramuros del tan ansiado poder. Por ello se le había ocurrido organizar una campaña impactante, capaz de voltear los fatales resultados de las encuestas. Se le había ocurrido que, como buenos y consecuentes nacionalistas que eran, tenían el deber de llevar a cabo una acérrima defensa de las raíces, de las tradiciones y del acervo cultural del Pueblo. Y una de las tradiciones más amenazadas y, por ende, más digna de protección, era la institución del bobo del pueblo. La campaña llevaría por título: “ ¡¡ Entre todos, salvemos al bobo del pueblo, ese gran olvidado !!”. La campaña en cuestión consistía, básicamente, en convocar, por el sistema de concurso-oposición, una plaza de bobo oficial del pueblo. En principio sería en la modalidad de empleado público laboral temporal, incorporándolo a un grupo o categoría de nueva creación, en el que figurarían todos aquellos a los que no se les exige ningún tipo de estudios, ni que sepan leer o escribir. Independientemente de que el procedimiento para tal convocatoria pasaba por su publicación en el respectivo Boletín Oficial y en el Tablón de Anuncios del Ayuntamiento, se pensó en dictar un Bando entre jocoso y divertido, al estilo de los del Profesor Tierno Galván en su época de Alcalde de la capital del reino en tiempos de la movida madrileña. Por un momento recordó, con ternura y nostalgia, la figura de nuestro entrañable Pepe Cañadulce, pues habría sido el personaje ideal para, con su altavoz de hojalata en ristre, dar a conocer el bando. Así, se lo imaginaba vociferando: -“¡¡De orden del Señor Alcalde, se hace saber a todos los vecinos de este pueblo que…..!!”. Y continuaría comunicando a los ciudadanos la convocatoria, aclarándoles que sólo podrían solicitar tomar parte en ella los bobos acreditados mediante el pertinente certificado médico. Quedarían excluidos los que mostrasen un carácter marcadamente agresivo, o que fuesen incapaces de controlar, por razones obvias de higiene, sus esfínteres. Además, se especificaba que puntuaría como mérito, entre otros, que se les cayese la baba, tener sonrisa bobalicona o saber tararear el estribillo de alguna canción de esas pegadizas que suenan en verano en las fiestas, tipo tengo un tractor amarillo, ¡me gusta la bandera, ay, mamá, bandera tricolor ! o ¡yo soy español, español, español…!. El sueldo sería el correspondiente a su nivel, más dos pagas extraordinarias anuales y un mes de vacaciones. También se le proveería de dos mudas reglamentarias de uniforme de bobo oficial, que estarían compuestas por un pantalón raído y con parches a la altura de las rodillas y de las nalgas, unos tirantes para sujetar de los hombros el pantalón y una camisa de botones con muchos colorines. Como complemento, unos boliches y unas cuantas monedas para hacerlas sonar en los bolsillos, una corneta de plástico y un pito. En los inviernos muy fríos, podrá llevar, además, alpargatas. En cuanto a las funciones o tareas principales que habría de desarrollar en el ejercicio de su cargo, estaban las de asistir a todos los bautizos, bodas y entierros, felicitando o dando el pésame a los afortunados o doloridos, según proceda; ir delante del trono y a la derecha del director de la banda de música en las procesiones y en las romerías y aplaudir y reirle toda suerte de gracias y barrabasadas al Alcalde de turno en todas sus intervenciones o, en otro caso, abuchear a quien ose criticarlo o llevarle la contraria, eso sí, sin llegar nunca a la agresión física. Finalmente, antes de dar por terminada la reunión con sus concejales, les informó que si la iniciativa tenía éxito, más adelante, se estudiaría la posibilidad de incrementar la plantilla de bobos hasta un mínimo de cuatro componentes, a fin de tener cubiertos los servicios de mañana, tarde y noche, así como un corre turnos, para cubrir las vacaciones y las bajas por enfermedad. Además los pasaría de laborales temporales a funcionarios de carrera. Toda la concurrencia, puesta en pie, y tras largos y sonoros aplausos, dio –no podía ser de otro modo- su aprobación unánime. La idea de pregonar el bando en boca de Pepe Cañadulce era inviable pues, desgraciadamente, éste había fallecido años atrás. Así que hubo de limitarse la publicación de la convocatoria al Boletín Oficial, al Tablón de Anuncios y unos carteles, pegados estratégicamente en las paredes de las principales calles del Municipio. El día que se abrió el período de inscripción para tomar parte en la convocatoria, a media mañana, salió de su despacho para ver si había mucha gente en el registro de entrada, presentando solicitudes. Su corazón no le cabía en el pecho. Su rostro dibujaba una sonrisa de oreja a oreja. Se había formado una cola tal que se prolongaba más allá de la esquina de la calle. Había gente de toda clase y condición: hombres, mujeres, jóvenes, ancianos…. Reconoció, entre otros muchos, a políticos y a aspirantes a serlo. Allí estaban un concejal del grupo de gobierno que nunca dio la talla; dos concejales de la oposición, que tampoco la daban; el presidente de una asociación de vecinos; el secretario de una comunidad de propietarios; seis presidentes de partidos políticos constituidos tres meses antes de cualesquiera elecciones; un liberado sindical… Estaba también un grupo de honrados ciudadanos, cuyo único y común defecto era no resignarse a llevar una vida normal y en el anonimato: Una chica mona que iba para estrella del espectáculo y acabó siendo segunda dama de honor en las fiestas de su barrio; un camarero del sur; tres asalariados del taxi; una cajera de supermercado; un niño de papá que se decía poeta y escritor; un locutor de radio que, en vez de hablar, tenía la insólita cualidad de defecar por la boca y hasta un policía municipal. Por último, observó la presencia de una fauna heterogénea y difícil de clasificar. Así, Eustaquio con su trompa; y Falopio con la suya; y el borrachín del bar de la esquina, que también llevaba su trompa, su trompa grande e infinita, su trompa de toda la vida. Y estaba el que asó la manteca; y Bartolo, con su Flauta; y Mateo, con su guitarra; y el enterado de la caja del agua; y Pepe, el de Ikea… En fin, el éxito había sido rotundo, apoteósico. Se sentía enormemente satisfecho. La gran demanda de aspirantes le hacía presagiar que la cantera era de tal cantidad y calidad –al tribunal calificador le llevó mucho tiempo decidirse por uno de los candidatos- que la institución del bobo de pueblo estaba garantizada por varias generaciones. Y lo que era más importante: Estaban garantizados, por ahora, su sillón y su bastón de mando. Por fin, después de tantos desvelos y congojas, esa noche dormiría contento y feliz y a pierna suelta. Se preguntarán ustedes, acaso, que quién obtuvo la plaza. Pues…. la obtuve yo, y con una gran nota. Así soy yo de bobo. Para concluir, reiterar que esto, -como ya dejé aclarado al principio- no es más que un cuento, pero si alguien, así y todo, se sintiera aludido, hago mía la última estrofa de de la canción de Silvio Rodríguez, Resumen de noticias: Si alguien que me escucha se viera retratado, sépase que se hace con ese destino. Cualquier reclamación, que sea sin membrete. Buenas noches, amigos y enemigos.
José Antonio Santana Meneses.
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