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De turista por el Atlas (y II)

Jueves, 08 de Julio de 2010
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A todos los asistentes al undécimo Coloquio Internacional de Beni Ayat, nos trasladaron el día 16 de junio al lugar donde su familia afirma que nació Basiri, hoy en día ocupado, como ya antes se señaló, por la Zawiya del Cheikh Sidi Ibrahim Al Basir. Gentes llegadas de muchos puntos de África, desde Sudán a Sudáfrica, iban llegando a la cita. Había allí de todo tipo de personas, desde autoridades civiles y militares, profesores universitarios a líderes religiosos. El lazo común de unión era la legendaria figura de Basiri, considerado como un mártir de la descolonización del antiguo Sahara Español. Al día siguiente de este acto solemne, los anfitriones ofrecieron a los invitados la oportunidad de hacer una excursión a un paraje bellísimo y sorprendente en medio de cordillera del Atlas, que como una espina dorsal divide la zona norte y noroeste de Marruecos, rica y fértil, de la zona sureña, donde empieza el desierto inmenso del Sahara, a la vez tenebroso y admirable. Así, por una aceptable carretera a media ladera, ascendimos hasta una altura aproximada de 700 metros para llegar al Lago Oued Abid, grande, hermoso, inesperado. Allí nos aguardaba una gran “jaima”, en la que un esmerado servicio de catering ofreció un suculento almuerzo al estilo de los Beni Ayat. Adiós dieta, adiós báscula, que mañana será otro día y estas oportunidades se presentan calvas, pero hay que atraparlas por los pelos… Otra vez de regreso al Hotel Tazarkount, sin parar de hacer fotos a través del cristal del autobús, el camino de vuelta bordeaba el Río Ouded hasta llegar a la imponente presa Bin el Ouidan. Esperaba ver desierto y lo que vimos fue un inmenso oasis. El agua y el sudor de los campesinos había logrado el milagro. Recordé aquella canción canaria cuya letra decía algo así: “¿Me preguntas de qué color es el cielo? ¡Cómo lo voy a saber, si desde el amanecer lo paso cavando el suelo!”. El trabajo del campesino es igual de duro allí que aquí y la madre naturaleza sólo da sus frutos a quien la trabaja día a día, estación a estación. Al día siguiente, de mañanita y en el coche de San Fernando (un rato a pié y otro andando), preferí hacer una excursión en solitario para conocer directamente los alrededores de la zona donde me encontraba. Así que, carretera adelante en dirección NW, se llega hasta una estación de servicio ultramoderna donde se puede tomar un té con hierbabuena al estilo moruno. Además de delicioso, sobre todo acompañado de esos pastelitos árabes elaborados con frutos secos, es altamente refrescante y quita el “jilorio” de media mañana. De vuelta al hotel y tras el necesario reposo, ducha y baño piscinero, otra excursión en sentido contrario, esta vez hacia el pueblo de Afourer, en las estribaciones de la Cordillera del Atlas. Las gentes saludan al pasar con un amable “¡bonjour, monsieur, bienvenue à Marrocco!”. Sin duda debo tener una pinta de “guiri” indisimulable. Unos chicos esperan el transporte escolar repasando sus lecciones, otros arreglan una moto en un taller con el escudo del Barcelona pintado en la pared (por cierto, se lamentan de que perdiera España el primer partido en el mundial de fútbol), unos campesinos venden unos enormes melones que te hacen la boca agua tan sólo con verlos… Así, pasito a pasito, se llega hasta una gran central hidroeléctrica, a donde fui acompañado esta vez de mi buen amigo saharaui Husein Chaihab. Como las cigüeñas son iguales en todas partes, tuvieron que anidar en lo alto de una torre de alta tensión. Y como los niños son niños en Marruecos y en Canarias, allí chapoteaban alegremente a la orilla del canal de salida de agua de la central. En el camino de vuelta al hotel disfrutamos nuevos paisajes agrícolas, animales pastando y unas jóvenes que retornan alegres de la escuela en sus bicicletas. Mientras tanto el Sol se oculta, ya cansado de alumbrar todo el día, tras el minarete de una mezquita. En resumen una experiencia inolvidable que, sin reserva alguna, recomiendo a todo el mundo. En especial a los que quieran tener unos días alejados del mundanal ruido, pero pudiendo pasear rodeado de la proverbial amabilidad de nuestros vecinos marroquíes del campo y sin prescindir de casi todas las comodidades modernas, incluida la TV por satélite o Internet por WiFi. Son los contrastes y el exotismo que ofrece Marruecos a quien la visita sin prejuicios ya trasnochados. En imágenes: [gallery link="file" columns="2"]
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