Miro una de las fotografías que se han publicado de Saramago estos días junto al mar de Lanzarote, con las manos en los bolsillos y su sonrisa mirándome de frente, con esa mirada que parece no despedirse nunca, que está más allá o más acá del tiempo, serena, segura y tierna a la vez…, ahora que acaba de dejar su cuerpo, herramienta que ya no le servía para seguir diciendo lo que eran sus convicciones profundas. Como decía de él Darío Fo, uno de sus grandes amigos, “un amigo que nunca se ha rendido, que siempre se mantuvo íntegro, de pie en medio de la batalla”.
Siempre estuvo allí donde había una causa justa que defender o una causa injusta que denunciar. Su palabra fue siempre una denuncia y una esperanza. Otro de sus grandes amigos, Roberto Saviano, de quien dijo en su blog: “es un maestro de vida condenado a muerte por haber escrito un libro de denuncia contra una organización criminal capaz de secuestrar a una ciudad y a sus ciudadanos”, dijo de él “me ayudó a creer que la palabra sirve para buscar la felicidad y que no todo está perdido. Saramago era la esperanza de cambiar las cosas”.
Fue una persona que admiró a aquel otro lanzaroteño, constructor del sueño de una Lanzarote de luz, de colores, limpia de anuncios, ordenada, amante y orgullosa de sí misma frente a los especuladores y al mundo. Él también fue una persona que abrazó causas similares aunque en otro orden de cosas: el respeto a las personas y su entorno, la lucha contra la injusticia de los hombres contra los hombres, contra las religiones que ahogan la libertad. Y dijo: “mientras la humanidad alimente y sustente las religiones no saldremos del lastre de todos los días”.
Así y todo, a pesar de ser un escritor de fama mundial, nunca renunció a sus orígenes. A su abuelo, analfabeto, que le enseñó a amar a los hombres y a la tierra. Al abandono de la escuela para trabajar en un taller para ayudar a mantener su casa. A su dura vida de inmigrante rural en una gran ciudad.
Y en esa mirada a través de sus gafas y en esa sonrisa, casi socarrona, con la que me sigue mirando, sereno, desde esa fotografía, con esa playa tranquila de Lanzarote de fondo, en uno de esos atardeceres espléndidos de esa isla de ensueño, me resuenan las palabras de aquel luchador por la dignidad y la vida en Italia, Roberto Saviano: “era un escritor capaz de contar cualquier cosa pero no quería enseñar. Prefería entender y escuchar”.








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