Mientras el ministro de Exteriores estaba ocupado en presentar una queja formal a Francia por las comicadas de unos muñecos de guiñol, Rajoy aprobaba la reforma laboral que abarata el despido a los ya de por sí baratos trabajadores españoles. Esto no es lo que preconizaban los populares en campaña.
Mientras el país se desangra por culpa
de la hemorragia del desempleo, nuestro Gobierno se entretiene enfrentándose a
unas marionetas francesas de un canal privado de televisión. Una cosa es perder
el trabajo y otra el humor.
Mientras el ministro de Exteriores
estaba ocupado en presentar una queja formal a Francia por las comicadas de
unos muñecos de guiñol, Rajoy aprobaba la reforma laboral que abarata el
despido a los ya de por sí baratos trabajadores españoles. Esto no es lo que
preconizaban los populares en campaña.
Esta medida propugnada, como la otra de
la subida de impuestos, no estaba en el programa del PP. No solo eso. Sus más
audaces representantes prometieron por activa y por pasiva, juraron y
perjuraron en su campaña electoral que ni subirían los impuestos ni abaratarían
el despido, entre otras cosas porque según aseguraban todos al unísono (parecía
una estrategia bien planificada), “es lo último que puede hacerse en España en
la situación de crisis en la que nos encontramos”.
Pues dicho y hecho todo lo contrario a
lo que predicaban. Cada vez que el Gobierno de España emprende medidas
impopulares que contradicen sus promesas, se inventan un conflicto ficticio con
el exterior para desviar la atención y aminorar las protestas.
El falso patriotismo, más bien
patrioterismo, funciona en los pueblos ignorantes y retrasados. Produce dentera
ver a un ministro de Exteriores o de Deporte echando balones fuera para avivar
a las masas contra los franceses, como en los tiempos de la guerra de la
independencia. Es un mal chiste.
Ahora, como los españoles patrioteros y
chovinistas no pueden meterse con Napoleón ni con Sarkozy, entre otras cosas
porque lo condecoraron el otro día por la colaboración francesa en la lucha
antiterrorista conjunta, la emprenden ciegamente contra unos muñecos de látex
que se mofan de algunos deportistas españoles tras la condena al ciclista
Contador.
Tras incitar a las barricadas, el
ministro Wert reconoció ayer mismo que España tiene un problema con el dopaje.
El monarca se sumó a la polémica al decirle también ayer a Nadal que los
de los guiñoles franceses son tontos. Hasta el rey, tocado por el caso de su
yerno, tiene que sacarse la presión de encima señalando al país de al lado. Al
final tendremos que culpar de la reforma laboral a un monigote para dejar que
Rajoy salga inmaculado en su estreno como presidente del país de los guiñoles.
No hay más tontos porque no hay más gente.