Desde la experiencia diaria en las aulas, donde las consecuencias de muchas decisiones sociales se manifiestan antes de que entren en la agenda política, la decisión de Francia de limitar el acceso de los menores a las redes sociales no se percibe como una medida exagerada ni como un gesto autoritario, sino como una respuesta necesaria a una realidad que los docentes llevamos tiempo señalando sin demasiado eco. El aumento de la fatiga, la dispersión constante, la ansiedad creciente y la dificultad para sostener la atención no son fenómenos aislados ni fruto de una generación menos capaz, sino síntomas de un entorno que exige madurez emocional a edades en las que todavía se está construyendo.
Durante demasiado tiempo, el debate público sobre las redes sociales y la infancia ha quedado atrapado en una simplificación peligrosa, según la cual cualquier intento de regulación se interpreta como un ataque a la libertad individual o como una postura contraria [...]










